7.ª Que si llegara á tratarse de paces entre Francia y España, se había de procurar la libertad de su mujer é hijos, así como lo acostumbrado respecto á bienes de vasallos retenidos por otro Príncipe.

8.ª Que por excusar pesadumbres tomara el Condestable de Francia á su cargo, y en nombre de S. M., el cumplimiento de las cláusulas.

Todas, sin excepción, fueron acordadas, expresándose en el asiento que el Rey, siempre bondadoso con los afligidos, había acogido en su reino al Sr. Antonio Pérez, atendiendo á las virtudes que le distinguían y á los servicios que de él esperaba, y ahora recibía su fe y le acordaba protección contra los que le perseguían.

Lo firmó en Ruan (Rouen) el 13 de enero de 1597 el Secretario de Estado, de Neufville (Villeroy) por orden del Rey, confirmando la ejecución el Condestable en 18 del mismo mes y año[175].

Habiendo jurado el cargo de Consejero, era asunto delicado comunicar al Conde de Essex lo que pasaba en el Consejo: al efecto, convinieron los interesados en que las cartas serían encomendadas á un criado de confianza que personalmente las llevaría á Inglaterra, quemándolas inmediatamente el Conde[176]. Por este medio propuso Antonio Pérez un proyecto nuevo de gran importancia. Contaba con cuatro plazas y dos puertos en el reino de Nápoles: con el beneplácito de la Reina y la dirección del Conde de Essex, se comprometía á tomar la empresa á su cuenta y riesgo, en la inteligencia de que la corona de Inglaterra no aceptaria responsabilidad de ninguna clase hasta adquirir la certeza de que él (Pérez) estaba en aptitud de hacer por sí solo la guerra al Rey de España por uno ó dos años[177]. Demostrado esto, ofrecía dar á la Reina Isabel la posesión y soberanía de dicho reino de Nápoles, poniendo en sus manos las plazas y puertos de referencia; de modo que, enviando allá una escuadra, entretenía la guerra lejos de su reino, y, por medio de inteligencias con el turco, se molestaba al más temible enemigo. En compensación no pedía más que la Reina ó el Conde adquirieran en Venecia una casa de valor de 20 ó 30.000 ducados donde Antonio Pérez pudiera dejar en completa seguridad á su mujer é hijos si perdía la vida en la demanda; y como quedarían en rehenes sus dos hijos mayores y el título de propiedad había de extenderse en nombre de la Reina para el caso contrario, nada perdería de ningún modo[178].

Á este proyecto presentó objeciones Nanton, haciendo ver las dificultades de enviar una escuadra hasta el fondo del Mediterráneo, así como la resistencia que los napolitanos opondrían á la religión reformada, y molestado con la contradicción respondió el Sr. Antonio que si la Reina no quería hacer el ensayo, ella se lo perdía[179].

Á Enrique IV propuso al mismo tiempo negociarle en Génova un empréstito de 2.000.000 con tal que destinara de la suma 40.000 libras mensuales á una invasión por el reino de Aragón[180]. En carta al Conde de Essex decía que, animado el Rey con el buen resultado de la jornada de Cádiz, era probable que se atreviera á tentar algo por ese lado y por el de Milán. Entre tanto Inglaterra debería enviar un agente á Marruecos, enmendando la falta de no haberlo hecho cuando la expedición de Cádiz, porque desde allí hubieran ayudado[181]. Perdonaba y miraba por encima del hombro á los émulos que tanto le habían contrariado en Inglaterra, esperando taparles la boca con el cumplimiento de sus vaticinios y con el triunfo que también en Francia había conseguido sobre Villeroy, Saucy y los compañeros que querían á toda costa impedir su entrada en el Consejo real[182].

Mal podía sospechar Antonio Pérez que, al escribir las impresiones del orgullo satisfecho, un Capitán español iba á cambiarlas súbito, apoderándose de la plaza de Amiens y del parque de artillería de Francia, con un saco de nueces. Ocurrió el suceso el 11 de marzo de 1597, trastornando por completo los planes de Enrique IV: hubo de reclamar de Inglaterra el auxilio convenido en el tratado de alianza, sin que se lo dieran; cambiáronse las reclamaciones del caso, agriándolas las embajadas especiales, de forma que decidió aceptar los buenos oficios del Legado del Papa y negociar la paz con España tan luego como recuperó la plaza.

Vanos fueron los supremos esfuerzos de Pérez para impedirlo: por más que participara al Embajador de Inglaterra cuanto en la corte se pensaba, y en su ayuda vinieran á París Sir Robert Cecil y Justino de Nassau, como fracasara por entonces el Conde de Essex en la segunda jornada contra los galeones de la plata y no compensara el daño que pudo hacer en las Azores durante el verano de 1597[183], los gastos y averías del armamento, el disgusto de la Reina Isabel y de sus consejeros, que daba mayor tirantez á las relaciones, vino á hacer irrevocable la resolución de Enrique IV; y lo que el intrigante consejero consiguió tan sólo, resistiéndola indiscretamente, fué que, descubiertos los manejos, le fuera cerrada la Cámara del Rey[184].

Cambiando entonces de sistema, procuró como siempre sacar partido de las circunstancias. Rechazó como novela inventada por sus enemigos la acusación de confidencias á Inglaterra, enviando á Gil de Mesa á casa del Condestable con una memoria en que decía, entre otras cosas propias de su sin igual desenfado[185]: