«¿Qué culpa tengo yo, ponía, de que llamen por esas calles sentencias, y doradas, aquellos aforismos de mis cartas?[214]

«Pregúntanme si algunas cartas que andan entre las impresas con nombres de otros, son en realidad de verdad mías ó de aquéllos. Porque el estilo, quien quiera que leyere las unas y las otras con un poco de atención, no le juzgará diferente, como ni una persona vestida de máscara, por mucho que se quiera disfrazar, podrá dejar de ser conoscido, yo diré francamente la verdad. Todas cuantas cartas andan en nombre de otros con las mías, son desa mi pluma grosera, tal cual la que me cupo por suerte. Lo mismo digo de cuanto anda en el libro de las Relaciones, ó sea debajo del nombre de El Curioso ó de cualquiera otro, ó de la pluma arrojada, cual la mía vive, por muy ruín, justamente[215]

«Las cartas familiares y de amigo á amigo declaran más el natural que el rostro propio á un fisiógnomo, y así las llamó no sé quién retrato del ánimo[216]

Han sido juzgadas con alguna variedad estas cartas, bien que generalmente se reconozca su mérito. D. Eugenio de Ochoa, que las reimprimió, pensaba que el escritor brilla más en ellas por la novedad de los pensamientos y la valentía de los giros, que por la pureza y corrección del lenguaje[217]; Bermúdez de Castro, en el supuesto de que todos los personajes de la corte de Francia querían testimonio de su estilo y de tener que poner en prensa el ingenio para discurrir lisonjera y graciosamente sobre fútiles consultas, alaba al escritor fácil y sentencioso, moralista divagador al gusto de la época, entendiendo que por estar entonces menos formada la lengua francesa que la nuestra, se enriqueció con los giros que introducía el español proscripto[218].

Reconocen efectivamente la influencia literatos de esta nación[219], por más que alguno piense fuera en parte debido al favor que por entonces gozaba en la corte y en la buena sociedad la lengua castellana[220], al que se debió la publicación de varias ediciones en la misma en que las cartas habían sido escritas[221], sin perjuicio de las traducciones[222]. Ticknor estimaba las cartas por su variedad de estilo, propias, castizas y muy interesantes[223]; Morel Fatio cree se deben de poner en la literatura epistolar española al nivel de las del autor del Centón dicho de Cibdadreal[224]; no falta, sin embargo, quien las encuentre un tanto cansadas (tedious)[225].

En más honda consideración se reconoce la exactitud con que el autor definía las cartas familiares: en éstas se halla su retrato moral pareciendo entre los rasgos, que si alguno excedía al de la adulación[226], era el de la vanidad. Por ella no es mejor la colección epistolar, limpia de las fútiles misivas á que Bermúdez de Castro se refiere, que repiten unos mismos conceptos rebuscados; por ella no está despojada de personales alabanzas, que por otro lado sirven grandemente á la pintura: la del docto amigo á quien ruega «pase los ojos por los renglones que le han caído de la pluma para esculpir en un reló destinado á Gonzalo, su hijo[227];» la que anuncia un anillo de dos rengleras de diamantes á su mujer[228]; la de los retratos que se manda hacer[229].

Se ha atribuído injustamente al Peregrino otra obra literaria, cuya malignidad tratando de supuestas inteligencias entre D. Juan de Austria y el Duque de Guisa ó sobre la muerte del Príncipe D. Carlos, y cuya complacencia en describir la agonía del Rey Felipe II, podían estimarse en consonancia con las que trazaba la pluma aquélla, más temible que colmillo de jabalí. La vanidad sirviera justamente para reconocer cuán ajeno fué de tal escrito, si el estilo no lo dijera á primera vista. Se habla en este libro con extrema parquedad de Antonio Pérez, y él no sabía hacerlo, por mucho que se quisiera disfrazar.

La obra se titula Breve compendio y elogio de la vida de el Rey Phelipe segundo de España, por Antonio Pérez, y de ella existen varias copias manuscritas, habiéndolas en la Biblioteca Nacional de París y en el Museo Británico de Londres. M. Mignet, que poseía una con otro título, Vida reservada del Señor Rey Phelipe 2.º, por Antonio Pérez, no dudó que el autor fuese realmente el ex-Secretario del Rey elogiado, y transcribió la relación de los últimos momentos del Soberano, porque se supiera que «la muerte no le quiso arrebatar antes de haberle hecho sentir que los príncipes y monarcas de la tierra tienen tan miserables y vergonzosas salidas de la vida como los pobres de ella. Ella le embistió al fin con una asquerosa phitiriase con un ejército innumerable de piojos...[230]

En el Catálogo de manuscritos españoles de la Biblioteca Nacional de París, formado por M. Morel Fatio (pág. 65, núm. 178), se explica cómo el Breve compendio, atribuído á Antonio Pérez, es simplemente traducción de un capítulo del libro primero de la Histoire de France et des choses memorables advenues aux provinces etrangères durant sept années de paix, etc., par Pierre Mathieu: París, 1606, en 4.º, tomo I, páginas 35 á 148, versión española que publicó D. Antonio Valladares de Sotomayor con título de Vida interior del Rey D. Felipe II, atribuída comunmente al Abad de San Real, y por algunos al célebre español Antonio Pérez, su Secretario de Estado: Madrid, 1788, en 8.º