V.

La muerte del Rey de España debía de influir en el ánimo de su expatriado Ministro, mitigando cuando menos el odio personal en que principalmente se inspiraban sus acciones. Teníale además probado la experiencia que la medida de sus fuerzas no llenaba la del orgullo loco con que se creyó capaz de luchar mano á mano frente al coloso de la política; en Inglaterra como en Francia veía declinar de día en día las estrellas de su reputación y su influencia, que formaban constelación con la de la fortuna. En esta disposición, la idea de recobrar la posicion antigua; el deseo de ver el cielo de la patria y el techo del hogar, no ajeno á las almas más escépticas y depravadas, se iba haciendo sentir en la suya.

Algún amigo oficioso hizo vibrar las sensaciones apoyadas con la falsa nueva de haber recaído resolución importante por disposición testamentaria de D. Felipe. «Corrió voz y aviso del testamento que dejaba... con capítulo tocante al descargo del alma en las cosas de Antonio Pérez... Unos referían que había dejado orden que diesen luego libertad á la mujer é hijos; que le restituyesen toda su hacienda, y aun 8.000 ducados de renta en satisfacción de lo padecido...[231].» Otros hablaban de recomendación especial al Príncipe para emplear á Antonio Pérez en Flandes ó en Italia...

¿Qué razón se opondría al regreso de Pérez, influyendo en el nuevo Rey D. Francisco Gómez de Sandoval, Marqués de Denia, amigo de la juventud, que le había visitado en la prisión arrostrando la cólera del Soberano?[232]. Bien se podía saber que salió de España huyendo del enojo de su Príncipe, sin haber cometido delito de felonía ni hecho cosa contra la corona[233]; bien se podía juzgar que si había servido con algún consejo ó advertimiento á reyes extraños, era obligado de las circunstancias: ¿no es de ley natural servir al que da amparo?[234]

El Sr. Antonio pensaba en aquellos días en admirable conformidad con M. Morel Fatio en los presentes; los contemporáneos eran los que no la tenían, por más que el natural piadoso de Felipe III le estimulase doblemente á señalar su advenimiento con actos de clemencia y de dulzura.

Habían transcurrido seis meses sin variación alguna: por fin, en abril de 1599 se expidió la orden de libertad de Doña Juana Coello[235]; luego la de sus hijos, con licencia de reclamar la restitución de 20.000 escudos distraídos de la renta eclesiástica que correspondía al mayor, Gonzalo[236]; pero de Antonio Pérez nadie se acordaba. Aunque la entrada del Rey en Zaragoza se solemnizara con el perdón de los proscriptos, la libertad de los presos, el derribo de los padrones de infamia de los caudillos de la revolución aragonesa[237], Antonio Pérez seguía exceptuado, recibiendo mortificación y desengaño nuevo. «¡Ah! escribía, á cabo de nueve años de prisiones han soltado á madre é hijos; pero se les ha mandado que no puedan salir de España. Paresce cosa de rehenes del tiempo de aquellos reyes moros; paresce que valgo algo, y no valgo nada[238]

Sin desesperar por esto, acudió á los resortes ejercitados del halago, del ruego y de la amenaza, tocándolos á la vez en España y Francia. A la primera envió sentidas cartas para el Ministro universal, entre ellas una que había de enseñarle los medios de conservarse en el poder, ampliando el texto de aquélla que figuraba en su colección de las publicadas con epígrafe Á un gran privado[239].

La nueva se halla traducida al italiano por un anónimo que dice oyó elogiar en Ferrara á Antonio Pérez como uno de los maestros en el arte cortesano. Despertada su curiosidad, pudo procurarse noticias que recopiló con el título de Vita et qualitá di Anton Perez; y pareciéndole que la carta era joya preciosa, no sólo procedió á traducirla, la estudió y comentó en volumen de 154 fojas. Existe copia en el Museo Británico de Londres; otra en la Biblioteca Nacional de París (Fr-3.444), ambas con título de Lettera di Antonio Perez scritta al Duca di Lerma circa il modo che si doueno gouernare li fauoriti di Principi per conseruare la loro fortuna[240].

En lo de Francia, acudió al Condestable exponiendo que desde que estaba en el reino, con haber tenido del Rey muchas promesas y las prendas firmadas en Ruan, ninguna cosa se le había cumplido ni año había pasado en que creciera en fortuna un dedo, sino menguado de día en día, y no quería morir, que á los hijos y á él no les quedaba sino la vida para ver más de lo visto[241]. Acompañaba memorial al Rey diciendo:

«Que apretándole cada vez más las quejas de los suyos y los disfavores y desconsuelos aquí, sin ser de ningún servicio, le era forzoso consignar que en promesas de príncipes, fuera de lo que toca á su honra, era de consideración excusar desengaño. Decíanle los suyos no menos sino que no esperase verlos en Francia, y que se resolviera á que no lo tuvieran ni por marido, ni por padre, ni por hombre de entrañas humanas ni agradecidas á lo que habían padecido... Que pues aquí vivía inútil para S. M., y el estado en que se hallaba era de tanto daño si le tomaba la muerte dejándolos hijos de francés por el pan de la boca, le diera licencia para irse á alguna ciudad neutral á donde probar si estaba en esto el efecto de verse junto á los suyos[242]