Algún efecto produjeron las últimas gestiones: el Conde de la Rochepot, enviado como Embajador á España en 1600, recibió encargo de interesarse por Pérez con la eficacia que acredita el siguiente párrafo de las instrucciones:

«Cuidará particularmente de inquirir lo que podrá hacerse en favor del Sr. Antonio Pérez, por la suerte del cual tiene gran compasión Su Majestad, pues ha llegado á la desdicha en que se encuentra por desgracia y no por malignidad. Se informará de la manera con que son tratados la mujer é hijos, intercediendo por ellos á fin de conseguir que se restituyan en totalidad los bienes pertenecientes al padre y á los hijos, para que disfruten los beneficios de la paz y de la recomendación de S. M.[243]

Conocida la instrucción, decía la pluma incorregible del Peregrino: «Este Rey está fuerte en no consentir á los franceses absentes gozar sus casas y bienes si á Antonio Pérez no le dan su mujer, hijos y hacienda. Quizá este mismo favor dañará, pero serán gloriosos daños. Del nuevo Rey de España quiero esperar que imitará á David, por no probar los azotes de su reino por pecados ajenos[244]

Debió de dañar en verdad, más que la recomendación, la advertencia; en nada se alteró la resolución del Ministro de dejar las cosas como estaban, mientras que la bilis del expatriado sufría alteraciones graves al punto de obscurecer las dotes de hombre de negocios.

«Roni me trata mal, escribía al Condestable; el Rey manda que no me mude mi pensión, y Roni no quiere: no entiendo; y si lo entendiendo, que si me faltare el pan, buscaré un amo á quien servir, y esta licencia no me la negará el Rey[245]

Más agrio á medida que el tiempo trascurría, volvía á decir al Condestable en 1604:

«Dijo el Rey á Roni que no me tocase en la consignación, y Roni no quiere, y há tres meses que debo el pan que como. Pero más ha hecho el Sr. Gil de Mesa hoy, que ha dicho á M. de la Varenne que, si el Rey no quiere, que hable claro y no nos traiga engañados, que buscará Antonio Pérez un amo á quien servir. Por cierto, chico estómago tiene la corona de Francia si tan pequeña partida embaraza[246]

Sin embargo, por un resto de consideración ó indulgencia solía Enrique IV defender alguna vez á su Consejero de la malquerencia de Villeroy y de Rosny; prueba esta carta dirigida al último:

«Antonio Pérez ha venido á darme gracias por los tres mil escudos que se le han dado, y á suplicarme se extiendan á la cantidad de cuatro mil, con el fin de que si llega á saberse en España no digan que recibe menos que en los años anteriores. Así, por satisfacer la vanidad de este hombre, os ruego se le complete la referida suma de cuatro mil escudos[247]

De todos modos, empeoraban la situación crítica del proscripto el peso de su inutilidad, la humillación del descrédito, la necesidad apremiante de la subsistencia, instándole á redoblar las diligencias que le abrieran la puerta del destierro. En los preliminares de paz entre España é Inglaterra entrevió la ocasión de descorrer por sí mismo el cerrojo, haciendo valer servicios é influencias que parecieran grandes, y con la osadía que no le faltó nunca acometió el plan rápidamente concebido.