Antes de desembarcar en la isla, recibió carta del Conde de Devonshire haciéndole saber que el Rey no le acordaba licencia de entrar en sus Estados por tener de él muy mala opinión y merecer á lord Cecil odio y desprecio[256]. No había motivo para tenerse por lisonjeado; no se dió tampoco por entendido: con la atrevida inconsideración genial puso pie en tierra, avanzando hasta Canterbury, desde cuya ciudad escribió al Rey larga carta en latín, manifestando la extrañeza que le había causado recibir una orden inusitada en vez de los favores que se le habían hecho esperar. Invocaba la autoridad del Embajador Parry, que le había dado cartas, diciendo: «Por eso me dirijo á V. M. y apelo á su justicia, poniendo por delante su nombre y palabra para que se sirva examinar con prudencia, pesar y decidir si el punto á que han llegado las cosas, según la ley natural, conviene á la Majestad real y es debido á un extranjero no desconocido en el mundo y que se ha fiado en tal palabra. Si por otro lado puede servir mi persona de obstáculo en los negocios que actualmente se tratan, pues en tal caso, aunque yo no sea un Jonás que haga alborotar la mar y los otros elementos, me retiraré á cualquier rincón del reino bajo el favor y protección de V. M., que lo consentirá, para que las gentes no se admiren y quieran saber por qué sólo se niega á Antonio Pérez lo que á ningún desterrado ni á ningún fugitivo en un reino libre y poderoso[257]

La epístola produjo en Jacobo paroxismo de cólera; mesándose la barba[258] tildó de animal á su Embajador en París[259] y reiteró la orden que Pérez tuvo que cumplir, volviendo corrido al continente á saber que sin su agencia ni concurso se había firmado el tratado de paz en Londres en agosto de aquel año, 1604.

«Los ingleses nos han devuelto algo incivilmente á Antonio Pérez, escribía Villeroy al Conde de Beaumont. Ahora pide al Rey, de limosna, la pensión de 12.000 libras que le daba S. M. antes de marchar; pero le conocemos y estimamos en lo que merece, como ahí y acaso más. Viene contando que Cecil le ha jugado esta pasada, de acuerdo con el Embajador de España, por la amistad que tuvo con el Conde de Essex: lo cierto es que la adversidad no le ha enseñado á ser más cauto y prudente que el auje[260]

No perdió momento Pérez, como Villeroy refiere, en el ensayo de reconquistar el terreno perdido en Francia; por intermisión del Condestable y embajada de Manuel Don Lope quiso justificar el viaje por aventura arriesgada de necesidad, de la que volvía postrado con gran calentura. Empezaba por pedir al Rey, con la disculpa, mandara le admitieran en el Convento de San Denis, para que si muriese tuviera cerca la sepultura, y por final ponía: «Con esta prueba, Syre, que he hecho por mi mujer é hijos, habré cumplido con ellos y con estas obligaciones generales y cristianas; y si á poco más que les daré de término, que no pasarán de dos ó tres meses, para ver si me los quieren dar, con que habré cumplido con todo, yo me resolveré á morir siervo de V. M. en sus reinos, sin dejarme engañar más[261]

Manuel Don Lope estaba encargado de encaminar la insinuación á favor de memorandum trazado por la pluma del hábil intrigante, sin olvidar la amenaza de buscar otro amo, testimonio de la penetración de Villeroy[262].

Sin perjuicio de estas diligencias, cumplía realmente el Sr. Antonio la indicación puesta en la carta á Enrique IV de intentar otra prueba en España, que sería la última. Comunicado el proyecto con D. Juan de Velasco, ofrecía formalmente al Embajador de España servir de espía, utilizando las relaciones que tenía en Francia, y comunicar los secretos de la política de esta nación, estableciendo, por más seguridad, su residencia en Besançon ó en Constanza, siempre que se le dieran 150 escudos al mes. D. Baltasar de Zúñiga se procuró informaciones, tuvo varias conferencias con el pretendiente y hubo de dar curso á la proposición, remitiéndola, con despacho suyo, al Duque de Lerma, que la puso en trámite secreto del Consejo de Estado.

En tanto, no parece que logró Pérez la celda gratuita en San Dionisio[263] ni en otro Convento de Bernardos[264], volviendo á París al barrio de San Lázaro[265], vendidos los coches y mobiliario para subsistir. Pudiera dar lo mismo por perdida la ilusión de pasar los Pirineos á tener conocimiento de lo que en la corte de España ocurría. En despacho al Embajador D. Baltasar de Zúñiga, de Valladolid á 10 de junio de 1604, decía el Rey Don Felipe:

«Cuanto á lo que os dijo el Rey por Manuel Don Lope, será acertado que pase en disimulación, pues la calidad de su delito no permite otra cosa, y así daréis allá la salida que mejor os pareciere[266]

Es decir, que Enrique IV mostraba por un emigrado de la causa de Antonio Pérez un interés que no era ya extensivo á éste, y que considerado sin remisión el delito del subalterno, necesariamente se había de tener en España igual, si no mayor rigor, con el jefe. De lo primero es confirmación el proyecto de tratado definitivo de paz entregado en 31 de agosto del propio año á M. Emery de Barrault, nuevo Embajador de Francia en España, sin mención de Antonio Pérez[267]; de lo otro no deja duda la plática que entre el otro Embajador, La Rochepot y el Duque de Lerma, se verificó el mismo mes de agosto. Quejándose el de Lerma de muchas cosas pasadas después de la paz de Vervins, en perjuicio de los juramentos solemnes de conservarla, y enumerándolas, dijo: «Que Antonio Pérez y otros españoles y portugueses se acogieron de muy poco acá á Francia, y que tal manera de vivir cría muy gran desconfianza entre los dos Reyes é impide una verdadera reconciliación tal cual está deseada.»