Contestó el Embajador «que Antonio Pérez y los demás acogidos á Francia, á todos es muy manifiesto que eso fué en tiempo de la guerra y no después de la paz hecha[268].»
Pero un documento de mayor importancia, que no conocieron Bermúdez de Castro ni Mignet, explica con mayor claridad por qué el Duque de Lerma entretenía indefinidamente la solución tan esperada. La sección secreta del Consejo de Estado había informado al Rey en estos términos:
«Señor: En la Junta de dos se vió una carta del Condestable de Castilla para el Duque de Lerma, de 25 de julio, y la copia de un capítulo de carta de D. Baltasar de Zúñiga para el Condestable, y en las dos hablan de Antonio Pérez; y la substancia es que á Antonio Pérez se le dé algún dinero por mano del Embajador, y que salga de allí y vaya á residir á alguna parte neutral, donde dicen que podrá ser de provecho para las materias de Francia cuando estuvieren en estado de poder negociar en él las cosas de substancia, como si aquel Rey faltase, porque tiene particular noticia de las cosas de çuiços y es estrecho amigo de venecianos y ingleses, digo, de sus Embajadores, y del Condestable de Francia y del Duque de Suessons [así], y que en Bisanson ó en Constancia se le podrían dar 100 ó 150 escudos al mes por vía de la Embajada de Francia; y la conveniencia de sacarle de Francia es por quitar que portugueses, aragoneses y otros foragidos no acudan á él, sobre lo cual se votó como se sigue.
»El Comendador mayor, que Antonio Pérez ha sido y es el que se sabe, y de ninguna prudencia y consejo, y que muchas veces se ha maravillado de que, tras tantos trabajos y en su edad, no se haya retirado á un rincón á hacer penitencia de sus pecados, y que agora que se halla desvalido y desfavorescido y desautorizado en Francia, mueve nuevas pláticas, y por ventura fingidas, para engañar y poder deservir mejor, como lo ha hecho siempre y se puede creer del acto que hizo de despedirse de aquel Rey, y en ese color quiso ir á Ingalaterra, donde no tenía que hacer; y pues no iba por cuenta y orden de V. M., se ha de creer que iba por la del Rey de Francia, como se verifica, pues cuando el de Ingalaterra no le dió entrada, se volvió á París y allí fué recibido; y habiéndole dejado de admitir en su reino el de Ingalaterra, por tener respecto á V. M., le podría dar mucho que pensar si agora le viese amparado de V. M., cuanto más que el quererle guardar para cosas de Francia para adelante, se dice como si Antonio Pérez no tuviese más años que el Rey de Francia, y por lo menos confiesan las cartas que de presente no es de ningún fruto, y en lo de adelante es muy dudoso todo lo que dél se puede esperar, aun cuando de su fidelidad se pudiera tener certeza, y lo que se debe tener está bien entendido; y entretenerle en çuiços de ninguna manera convendría, pues se ha negociado con ellos cuanto se ha deseado, y podría ser que allí hiciese, por lo menos, oficios por todos, y revolviese lo que está bien asentado. Y yo no hallo que en Francia pueda ser de daño, ni en ninguna parte de provecho para el servicio de Dios ni de V. M., y que de los daños que hiciese en otras partes no habría disculpa, pues no hay razón para prometerse dél mejores cosas que las pasadas. Y que cuando se hubiese de hacer algo por él, sería entretenerle en alguna isla remota, no para que haga algo, sino para que se salve, y aun dará cuidado que allí no haga daño.
»El Conde de Miranda, que él ha sido el que ha hecho más oficios con V. M. por la mujer y hijos de este hombre, para que V. M., apiadándose de la grandeza de su necesidad, les hiciese la merced que les ha hecho; pero que por el hombre no puede interceder, siendo el que ha sido y el que es, y que si estuviera en un calabozo, por ventura se doliera dél; y que lo que conviene para el ejemplo público y para todo, es que, si puede ser habido, se castigue como obligan las leyes divinas y humanas, pues ha sido infiel á Dios y á su Rey y Señor natural; y que aun cuando entregara á V. M. dos ó tres fuerzas, no sabe si viniera en lo que se propone, y tanto menos estando agora actualmente ofendiendo á ambas Majestades; y que él se ve reducido á términos que ya el de Francia ni nadie se fía dél, y que tanto más sería de mal ejemplo y consecuencia que V. M. se sirviese ni fiase dél; y que aunque en los Reyes no ha de haber rencor, han de ser constantes y firmes en favor de la justicia, y que así en lo que se ha de poner la mira es en procurar de haberle á las manos, porque la misericordia de los Reyes no ha de ser para tan malos y perversos hombres; y que no es menos necesario que los Ministros entiendan que si cayeren en semejantes delitos, no ha de haber misericordia para ellos; y que á la mujer y hijos podrá V. M. hacerles la merced y bien que fuere servido.
»El Comendador mayor de León añadió que D. Juan de Luna, castellano de Milán, por un disgusto se fué á París, y que, aunque no hizo ningún otro deservicio, se exceptuó en cédula aparte en las paces del año de 59, sin que S. M., que haya gloria, se dejase vencer por ninguna consideración.—V. M. mandará lo que sea servido. En Valladolid á 30 de agosto de 1604.—Rúbrica[269].»
En Inglaterra, en Francia, en España, el juicio y la opinión de Antonio Pérez eran, como se ve, de paridad nada envidiable: si el Gobierno, en la última de estas naciones, en la patria del desdichado, dejaba sin respuesta las súplicas; si las personas á quienes particularmente pedía recomendación en su favor el proscripto ocultaban la verdad y alimentaban vagamente la esperanza, á piadoso engaño, no á cruel animosidad, obedecían.
VI.
En Francia se iban cerrando una tras otra las puertas que el español suntuoso atravesaba al concurrir á los saraos y festines de los cortesanos parisienses, imitadores de su Rey; el comensal picante, el que un día por gala se decía Antonio Pérez, mendigo en Francia[270], veía con espanto la horrible faz de la miseria, sin encontrar reparo que le escudara; sordo el monarca á las súplicas, pretendía llegaran á los personajes influyentes con agasajos de aquellas industrias españolas de estimación galante. Se dedicó al adobo de pieles en ámbar con que hacer guantes[271], á la preparación de perfumes y aun de mondadientes, lisonjeando la vanidad incurable con ejemplos de mayor desventura. «Dionisio el tirano, habiendo perdido su reino, dió en ser maestro de escuela por pasar la pérdida mejor con oficio en algo semejante de mandar y castigar; él daba en maestro de plumas por conservar los dientes para morder como herido[272].
Había topado en sus destilaciones una agua de olor de la religión de los ángeles. Entreteníase en esto por no destilar el juicio, por sustentar el cuerpo...[273]; prevenía polvos, secreto de los que más valen agora con las damas...[274].»