La necesidad le llevaba á melancolizar filosóficamente en el solitario albergue, señalando sus cartas, cual piedras miliarias, las etapas del camino de la amargura. La envidia[275]; el corazón del hombre[276]; la poca seguridad de los amigos[277]; el olvido[278]; la instabilidad de la fortuna[279]; la soledad; la soledad, sobre todo, afligía al hombre que con el bullicio y el enredo se alimentaba[280]. Con todo, como «la nación española dentro de un asedio es la más paciente de todas, que en esta opinión es tenida y los testimonios de historias lo confirman, no había que pensar que á él le tomaran por hambre en el asedio de la soledad[281].»
Por la pensión del Rey de Francia acudió al Consejo de Estado[282] y al Parlamento[283] sin resultado; por el perdón del de España visitaba á cuantos caballeros de viso pasaban por París: al P. Antonio Crespo[284]; al P. Rengifo, de la Compañía de Jesús, confesor del Duque de Feria[285]; á otros cuyos nombres calla[286], distribuyéndoles generosamente ejemplares de sus obras y espantándose de que las censuraran[287]. Le asombraba que entre españoles no se leyera con calma, por ejemplo, la felicitación á Enrique IV por la victoria de Amiens, victoria ganada á los españoles[288], mientras no recibió el doloroso correctivo de la siguiente epístola:
«Señor: V. md. debió de saber con cuánta lástima llegamos á este reino de los trabajos que v. md. padesce fuera del nuestro; pero ha querido quitárnosla con que veamos sus libros, que en ellos no cabe, y así se los volvemos á v. md., á quien guarde Dios.—De la Posada, hoy martes.—El Marqués de Cerralvo.—El Marqués de Tavara[289].»
El primero de los firmantes escribió en una hoja blanca de las Relaciones:
«Caminando en la lectura de este libro de v. md. con la indignación que podía criar en un pecho leal y en una vena de mi sangre la descompostura con que v. md. habla de las acciones de su Príncipe (y tal Príncipe), he llegado hasta aquí, donde he hallado el discurso de esta autoridad con que v. md. le remata, pues habiéndole escogido el que escribe el libro para fin de él, parece que disculpa todo lo escrito, y en fe de que es última voluntad merece que le pasemos por descargo de conciencia y medio para perdón[290].»
Acusaban todos á las libertades de la pluma sin decirle nada nuevo, que «la experiencia le tenía enseñado que hiere más que la espada[291]:» ¿no podrían con la pluma cauterizarse las heridas? Á la prueba se puso escribiendo rápidamente un libro de la ciencia de gobierno, enderezado al Duque de Lerma, con el título de Norte de Príncipes, Virreis, Presidentes, Consejeros, Gobernadores y advertimientos políticos sobre lo público y particular de una Monarquía, importantísimos á los tales, fundados en materia y razón de Estado y Gobierno.
Hubo quien colgó al triste escritor la paternidad del Elogio de Felipe II, por ser obra maligna; también ha habido quien se la niegue del Norte, por tener mucho bueno. El error viene de otro libro muy semejante que apareció más tarde bajo cubierta de El conocimiento de las naciones, que Antonio Pérez, Secretario de Estado de la Majestad de Felipe II, escribió desde su prisión al Rey Felipe III después de haber heredado, año de 1598.
Se supo que este segundo libro había sido redactado por Baltasar Álamos de Barrientos, demostrándolo D. J. M. Guardia al darlo á luz con el título de Antonio Pérez.—L'art de gouverner. Discours adressé a Philippe III (1598), publié pour la première fois en espagnol et en frances, etc., par J. M. Guardia: París, 1867, en 8.º; y como M. Morel Fatio encontrara en la Biblioteca Nacional de París manuscritos de ambas producciones cuando formaba el catálogo de los españoles, á continuación del membrete de la primera, ó sea el Norte de Príncipes, escribió[292]:
«Este tratado, que, según ha demostrado M. J. M. Guardia, es debido á Baltasar Álamos de Barrientos, se ha publicado con la siguiente portada: Norte de Príncipes, Virreyes, Presidentes y Gobernadores, y advertencias políticas según lo público y particular de una Monarquía, importantísimas á los tales, fundadas en materia y razón de Estado y Gobierno. Escritas por Antonio Pérez, Secretario de Estado que fué del Rey Católico D. Felipe, segundo de este nombre, para el uso del Duque de Lerma, gran privado del Señor Rey D. Felipe III: Madrid, 1778, en 8.º»
La equivocación no es extraña, porque son las dos obras muy semejantes: podría decirse que, en opiniones, en sentencias, en conceptos completos, son iguales, lo que se explica con poco favor de Barrientos, emigrado, dependiente y amigo de Antonio Pérez, y que probablemente tuvo á la vista el Norte de Príncipes al escribir El conocimiento de las naciones: así la justicia retributiva demanda que se reconozca á Antonio Pérez, no sólo la redacción del primero, sino también el espíritu, orden y forma del otro.