Respecto del primero, si no quedara en muchas cartas prueba de autenticidad, la diera el estilo, que, bien decía el autor, no se confunde con otro. Véase cómo empieza[293]:

«Yo, como vasallo desta corona y criado de V. E., en la voluntad al menos, para merecer serlo en la obra, deseo dar alguna muestra de mi servicio con que no parezca inútil del todo, y ésta que comienzo me anima á seguridad que llevo de no perder, por el ánimo grande de V. E., y porque, según la opinión con que indignamente me persigue el mundo, alabándome con exceso, quizá injustamente, pero para daño mío, que es fortuna de desgraciados y alabanza propia de enemigos, y tiros inexcusables los que se le hacen desta suerte, por mucho que me levante y suba con mi discurso, no poderé ya caer en más abismo de miseria del en que me hallo, pues aun lo bueno veo que me daña, que de lo malo no es justo esperar provecho, y más, señor, que ha llegado á término que no hay fruto mío, aunque parezca bueno, de que no tema que haya quien saque veneno contra mí. La culpa entonces será suya, siendo obra de malos médicos; pero ¿qué aprovecha si yo llevo la pena della con el estado en que me hallo?»

La obra ha sido juzgada sin pasión[294], hallando que encierra doctrinas útiles, morales, previsoras, algunas de las cuales se adelantan á la época[295]; nada había que añadir sobre el particular en la presente ligera exposición de hechos, si algunos de los consejos al privado de Felipe III no estuvieran encarnados en la conducta del que lo había sido de Felipe II.

El primero, el que encabeza la parte destinada á la enseñanza política, dice:

«El Príncipe que fuere señor de la mar, será monarca y dueño de la tierra.»

Su amo no quiso estimar el aforismo; en Inglaterra asentó sus fundamentos Antonio Pérez; quiso hacerlo igualmente en Francia, sin hacerse oir de Enrique IV, y al recomendarlo por cuarta vez para su patria, razonaba: «Porque Francia no tiene imperio en el mar, es poco de temer, mayormente con la inconstancia y desasosiego de sus naturales. Por este medio únicamente se puede refrenar á Inglaterra y á las provincias rebeldes.»

La idea falsa de los tesoros de las Indias, censura con la notable frase: «Las riquezas, el oro y la plata de las Indias trajeron consigo este mal, para que podamos llorar, y con razón, si esto que llamamos merced fuese castigo del cielo.»

Por distinto concepto se fija la atención en otra sentencia que le sugiere el lujo: «Más quieren las mujeres parecer y ser malas, que no pobres.»

¡Las mujeres! Pues ¿y los hombres? ¿Y el autor? ¿No ofrece él mismo materia para dudar de la sinceridad de las declamaciones, entendiendo que, sitiado por hambre, no estaba todavía rendido?

Su tenaz fortaleza requería aún la multiplicación de trincheras y baterías que le pusieron la senectud, los achaques, la indigencia, los dolores del alma, como el de la muerte de su hija Gregoria, pobre inocente.