En 1606, cuando marchó con licencia el Embajador D. Baltasar de Zúñiga, pidióle con lágrimas que hablara en su favor al Rey, y así hubo de prometérselo por continuación de las gestiones anteriores, dejando en su sér las esperanzas que, un año más tarde, pintaba esta carta al Condestable de Francia:

«De mí no sé nada, sino que de cualquier manera, con la llegada de D. Baltasar de Zúñiga, ó vuelta por mejor decir, espero alguna resolución, y por lo menos desengaño, que éste es el término que he puesto á este encanto, como lo escribí ayer al Rey Cristianísimo, con que me echaré á vivir y morir sin más padescer los tormentos de esperanzas humanas, que aunque las conozco y sus engaños, he tenido por obligación hacer esta última prueba, porque vea el mundo que no quedó por bizarría ni falta de todas justificaciones en cuanto á mí ha sido. Y con esto entregaré á Dios el juicio último[296]

La última prueba del náufrago acompaña al último suspiro. D. Baltasar volvió sin resolución ni desengaño, y en la ausencia había pasado el suplicante de la estrechez á la miseria por más y más humildes habitaciones en la calle del Temple y faubourg Saint-Victor[297]. En 1608 se mudó á la calle de la Cerisaie, cerca del Arsenal y de la iglesia de San Pablo; á ésta iba frecuentemente á demandar á Dios el consuelo que los hombres le negaban[298], y en el tiempo que los achaques y las oraciones no exigían, entretenía el espíritu ejercitando la pluma siempre activa.

«Los papeles eran sus compañeros y entretenimiento ordinario: íbalos recogiendo para dar una parte de los negocios grandes que habían pasado por sus manos y por las de su padre...[299]. Se empleaba en revolver sus historias y borradores... ¡qué bocados le traía al oído la soledad![300]

Momento pasajero de alegría tuvo al estrechar en los brazos á sus hijos Gonzalo y Rafael, autorizados á visitarle. ¿Qué más? El Duque de Lerma le enviaba testimonio de reconocimiento por el Norte de Príncipes que le había dedicado... y esperanzas, que corroboraba el nuevo Embajador D. Pedro de Toledo. Decíanle que el Rey se encontraba animado de las mejores disposiciones, que las de su valido eran conocidas; mas que no podía exponerlas á choque con la Inquisición.

Confortado un tanto el ánimo con esto; asegurado del Embajador, que quiso repasar y añadir de su mano alguna frase en la minuta, firmó á 9 de agosto de 1608 nueva carta al Duque:

«Apiádese V. E., yo le suplico muy humildemente, de mí y de los míos, que si idolatré no lo hice sino necesitado y importunado grandemente deste Rey, engañado él de mi poco valor y de su mucha piedad. Buena prueba he dado con la obediencia con que dejé todo en mandándomelo, metiéndome en mil peligros y aventuras con mucha incomodidad y pobreza mía, no por el premio que podía esperar de tal Rey, sino por la satisfacción de mi ánimo de haber cumplido con mi obligación, como lo he declarado á D. Pedro de Toledo para que con brevedad procure el remedio, porque no viva más tiempo suspenso en este estado, miserable mucho y peligroso más, como él lo articularizará y calificará con las particularidades y verdades que á la boca le he referido. Pero, señor, como ningunos trabajos me pueden quitar el deseo de morir vasallo de quien lo nací, paresce razonable que tal Rey, como yo lo espero, lo permita, y que resista S. M. y V. E. á los que pretendieren impedir que á este cuerpo, que ya está hecho tierra como sin alma, le recoja su naturaleza para acabar sus días... Ha permitido V. E. que mis hijos puedan haber visto el estado miserable en que estoy; yo le suplico permita que la que los parió no cierre los ojos, pues por los años que há que lloran merescen á lo menos que vean esto[301]

Rafael Pérez fué portador de esta carta[302] porque fuera mejor recibida; Gonzalo continuó algún tiempo más al lado de su padre, haciendo las diligencias que ya no podía el septuagenario intentar por sí mismo; diligencias penosas de que da idea esta otra carta dirigida al Condestable de Francia:

«Yo he enviado hoy á mi hijo á hablar á Mos de Villarroel, y hale respondido con mucho favor y gracia, que esta mañana habló al Rey y que le respondió que era necesario que V. E. y él se hallasen con S. M. juntos para resolver esto... Resta, señor, agora que V. E. acabe de sus manos con Mos de Villarroel este milagro, que mi corta ventura es tal, que milagro es menester para resolución que haya de ser en mi favor. Y porque yo creo que mi hijo no debe de haberse dado á entender á V. E. con la vergüenza que ha conoscido en mí de llegar á tal atrevimiento como á pedir pan á V. E. sobre tanto favor y favores como le debo, suplico á V. E. que me socorra con alguna limosna de su liberalidad y piedad natural, para esperar esta resolución de S. M.[303]