5. Cartas auténticas de Monseñor Roberto, Obispo y Nuncio de Su Santidad en París, fecha 6 de febrero de 1612, acreditando que conoció bien á Antonio Pérez y le acordó permiso para tener oratorio en su casa, teniendo certeza de haberse servido de él hasta la última enfermedad. Dice poder dar testimonio de los sentimientos piadosos, de devoción y de amor á la religión católica en que murió, así como de que le oyó lamentarse muchas veces de no tener salvoconducto del Rey Católico para entrar en España sin peligro y presentarse ante el Santo Oficio, objeto constante de sus votos.
6. Declaración hecha á la hora de la muerte, escrita al dictado por Gil de Mesa y firmada de su mano. (La que antes se inserta.)
Otra declaración contenida en escrito inédito, lleva más allá de este mundo las noticias del ex-Secretario. Dice así[316]:
«En la Historia de la vida, virtudes y milagros de la Benerable Madre Ana de San Bartolomé, conpañera yseparable de la Santa Madre Theresa de Jhs., Propagadora insigne de la reformacion de las Carmelitas descalzas y Priora del Monasterio de Amberes, dedicada á la Serenísima Señora Doña Isavel Clara Eugenia, infanta de España, por el Maestro Fray Chrisóstomo Henrriquez, Coronista general de la Orden de San Bernardo en Bruselas; en el capítulo nobeno, en la plana folio 619, calificando la vida, muerte y salvacion del Secretario Antonio Perez, siendo entonces esta Madre Abadesa de Fonte Ebrando, que es un lugar poco más de dos leguas de Tours, en Francia, dice lo siguiente, que para aprobacion de sus escritos un curioso lo copió de dicho libro y puso aquí para calificarlos y que se haga dellos la estimacion que se deve:
»Un dia de la Octava del Santíssimo Sacramento la mostró el Señor mucha gracia y la conbidava á que pidiesse algo; y estando recogida en esta vission, vió delante de sí tres personas: la una era una hermana suya, la otra un Primo y la otra Antonio Perez, Secretario del Cathólico y prudente Rey Don Phelipe segundo.
»No la dió á entender el Señor que estubiessen en algun aprieto; pero ella, biendo la ocassion presente y considerando el ofrecimiento que la havia hecho de que la concederia lo que le pidiesse, le tomó la palabra y le pidió la salvacion de aquellas tres personas, señal bien evidente de su grande caridad, pues no pide para sí gracias y favores, mostrándose solícita de la salud de las almas más que de sí misma. Agradóle á Christo peticion tan ajustada con su Divina voluntad, y ansí se la concedió con mucho gusto.
»Dentro de poco tiempo recibió cartas en que le avisavan que su hermana havia caido en una agua y se havia ahogado, y fué el mismo dia en que se le avia aparecido. El otro Primo suyo murió de calenturas, tambien el mismo dia. El Secretario Antonio Perez, despues de varios tranzes, de peligros grandíssimos y mil persecuciones con que pareze quiso mostrar la fortuna que levanta á la cumbre de la privanza á los que fian en el valor de Príncipes para derrivarlos en un avismo de miserias, murió en París; pero con tales demostraciones de piedad y christiandad, que bien pudieran conocer todos se cumplia con él lo que la Benerable Madre havia alcanzado del Señor. Lo que ella dize hablando dél, en esta ocasion, es esto: Murió con señales muy ciertas de su salvacion, reciviendo á menudo los Sacramentos, con el confesor siempre á su lado; y el dia que murió se puso de rodillas con un ímpetu de amor de Dios, y ansí se quedó como digo, con señales grandes de su salvacion. Dichosíssimo quien tubo fin tan venturoso: importa poco no conservasse en la privanza de los Reyes, quando, despues de muchas desgracias, se biene á alcanzar la verdadera dicha, que consiste en ir á gozar de la gloria eterna.
»Más dichoso fué este cavallero en haver conocido á nuestra Benerable Madre Ana, aunque pobre y humilde en quanto al mundo, que en haver tenido entrada con los mayores Príncipes de Europa. Ella, quando le conoció y trató en París, le cobró tanto amor, que estando ausente le alcanzó de Dios la salvacion de su alma, que es lo más que nos puede dar Dios, pues anssí se nos da asimismo. Los Reyes, aunque muchos favores le ofrecieron, pero sólo le dieron disfavores.
»Fué Antonio Perez hombre agudo de ingenio, pero desgraciado; mui principal y noble, de que en mi Monasterio Real de Huerta, depositario de la Nobleza de Castilla, Aragon, Navarra y otras partes, ay testimonios graves. Pero lo principal es la seguridad que nos dexó esta Santa Madre de que está en el cielo.»
Una estrella de la política francesa, que alboreaba justamente en el ocaso de ésta española, trazó en pocos rasgos, con alguna pasión y poca exactitud, juicio[317] que agregar al de los coetáneos lord Cecil, de Inglaterra; Villeroy, de Francia; el Conde de Miranda y el Comendador mayor de León, de España.