«La muerte de Antonio Pérez, acaecida en noviembre, escribía, me ofrece materia para ejemplo de la fragilidad de la privanza de los Reyes, de la instabilidad de la fortuna, del odio implacable de los españoles y de la humanidad de Francia con los extranjeros. Había gobernado al Rey Felipe II, su señor, Príncipe tenido por prudente y constante en las decisiones; cayó, no obstante, de su crédito, sin ser culpable, en opinión común.

»En las cámaras de los Reyes hay escollos mucho más peligrosos que los negocios de Estado, por graves que éstos sean, sobre todo en aquellas intrigas en que intervienen mujeres ó en las que toma parte la pasión de los monarcas[318].

»Antonio Pérez lo experimentó: mujeres fueron causa de todas sus desdichas. Haciendo su amo excepción de la firmeza en cuanto á la benevolencia, la ejercitó en el odio hasta la muerte. El privado había subido á la cúspide de los honores y grandezas: todo lo perdió en un instante con la gracia del Rey, que aprisionó á sus hijos con el fin de que no le asistieran.

»Emigrado en Francia en el período álgido de las guerras civiles, no fueron obstáculo las circunstancias para que el Rey le recibiera humanamente, dándole medios de vivir con desahogo á favor de pensión de 4.000 escudos, que siempre le fué bien pagada.

»En España no podían sufrir el bienestar de que disfrutaba; atentaron á su vida enviando dos hombres que se la quitaran, en vista de lo cual, por garantía en lo sucesivo, comisionó el Rey á dos suizos de su guardia personal, que le seguían por la ciudad á las portezuelas de la carroza, y cuidaban de que ninguna persona desconocida tuviera acceso á la casa.

»Entonces discurrieron los españoles otros procedimientos que llegaran al propósito no alcanzado por la violencia: se le ofreció, por conducto de persona de la Embajada, que su amo le restituiría los bienes, siempre que renunciara la pensión y saliera de Francia. El Condestable de Castilla confirmó la oferta al pasar por París; y como la esperanza del deseo suele cegar, renunció, en efecto, despidiéndose de S. M., que procuró disuadirle y le predijo había de arrepentirse. Marchó, no obstante, á Inglaterra, lugar que le habían designado; mas apenas llegó á Douvres se le prohibió pasar adelante, por ruego y amenaza del Embajador de España. El pobre hombre volvió á Francia y no se atrevió á presentarse ante el Rey, ya que parecía haber desairado su favor y consejo; sin embargo, compadecido el Soberano de la miseria en que estaba, sufriendo incomodidades después de enajenar el mobiliario, si no lo consideró como antes, no dejó de disponer que se le diera algún socorro con que subvenir á lo más preciso.

«Habíanle tenido en España por hombre de juicio y de cabeza, mientras llevaba el cargo de Secretario de Estado; en Francia no se le estimó en tanto por la ordinaria presunción de los de su país que, llevada al extremo, tiene algo de locura, á juicio de las demás naciones.»

Años adelante, alcanzando el que esto escribió la madurez del talento; Duque, Cardenal, Ministro, gran Ministro; queriendo llevar al convencimiento de su Rey la opinión de ser indispensable á su poder la organización de la marina de guerra, decía[319]:

«Cuando Antonio Pérez fué acogido en Francia por el Rey vuestro padre, y por atenuar su miseria le acordó pensión, deseando el extranjero acreditar el reconocimiento de los beneficios recibidos y ofrecer testimonio de que no por desgraciado era ingrato, dió al mismo Rey tres avisos que no son de poca consideración: Roma, Consejo y Mar. La advertencia del anciano español, consumado en asuntos de Estado, no ha de considerarse tanto por la autoridad del que lo daba, como por su propio peso.»

Es de recordar que decía Brantome al Rey Carlos IX: