—Y métete bien esto en la mollera —dijo el Camastron, viendo al judío abrir la puerta —Si no te adhieres á los tictaes y á los pingajos...

—Espresándote así es como si le habláras en gringo. —observó Cárlos —Acaso te entiende?

—Si no te adhieres á los relojes y á los pañuelos —prosiguió el Camastron reduciendo su lenguaje al alcance de Oliverio —otros lo harán... De modo que los que se los dejan cojer... tanto peor para ellos y para tí tambien... y nadie se encontrará mejor por eso, escepto aquellos que ponen cinco y levantar seis y tu tienes tanto derecho como los demás á la profesion.

—Sin duda! Sin duda alguna! —esclamó el judío que habia entrado sin que Oliverio se apercibiera de ello —Todo esto querido es claro como el dia! Ten fé en las palabras del Camastron. Oh! Ninguno como él sabe el catecismo de su arte.

Continuando en estos términos el argumento del Camastrón, el viejo se frotó las manos en señal de satisfaccion y aplaudió con una carcajada el talento de este último. Por esta vez quedó aquí la conversacion, porque el judío habia traido con él á la señorita Betsy y á un gallardo mozo que Oliverio no habia visto nunca; pero que el Camastron, dió á conocer el nombre de Tomás Chitling, cuyo mozo despues de haberse detenido en la escalera divirtiéndose en retozar con la jóven, entró en este momento.

Mr. Chitling tenia algunos años mas que el Camastron (habia ya cumplido diez y ocho primaveras.) pero con todo habia en su modo de obrar cierta deferencia hacia este último que indicaba muy claramente reconocerse inferior á él en cuanto al genio y á los ardides de su profesion. Tenia unos ojos pequeños que movia vivamente y estaba además acribillado por las viruelas.

Llevaba su traje muy mal parado; pero como dijo: Acababa de concluir sus vacaciones; durante veinte y dos dias mortales no habia visto alma viviente, ni se habia refrescado el engullidero con una gota de algo fuera lo que fuera. Oliverio estaba asombrado de una conversacion de la que apenas comprendia algunos retazos. La reunion se reia á mas no poder de la ignorancia ingénua del niño y la charla se hizo general. Fagin estaba de excelente humor y contó algunas travesuras de su juventud de un modo tan picaresco que Oliverio á despecho de sus buenos sentimientos reia tambien de tanto gusto que las lágrimas le venian á los ojos.

Al fin el viejo infame lo tenia entre sus redes. Por medio de la soledad y la tristeza le habia inducido á preferir la sociedad de alguien á la de sus dolorosos sentimientos en un chiribitil y destilaba en su corazon tierno el veneno que debia ennegrecerlo y horrar en él para siempre la bondad.

CAPÍTULO XIX.

SE DISCUTE UN GRAN PROYECTO Y SE DETERMINA SU EJECUCION.