—Mi dictámen, ó mejor dicho mi órden es, (dijo el mas gordo de los tres) que nos volvamos al momento á casa.
—Me conformo voluntariamente á todo lo que pueda dar gusto á Mr. Giles. —dijo otro mas pequeño y aun mas mofletudo que el primero, y que á un tiempo era muy pálido y muy cortés (como lo son ordinariamente las personas que tienen miedo.)
—No quisiera llevar la nota de impolítico señores dijo el tercero. (el mismo que habia llamado á los perros.) Mr. Giles debe saber que...
—Ciertamente! —interrumpió el gordo mofletudo. —Y diga lo que diga Mr. Giles, no nos toca á nosotros contradecirle! No á fé mia; conozco mi posicion á Dios gracias, conozco mi posicion.
A decir verdad el pequeño mofletudo, parecia comprender su posicion y sabia muy bien, que de ningun modo era digna de envidia, pues que los dientes le castañeaban hablando.
—Teneis miedo Brittles? —dijo Mr. Giles.
—De seguro que no! —contestó el otro.
—Os digo que teneis miedo! replicó Giles.
—Esto no es verdad Señor Giles! —repuso Brittles.
—Mentís Brittles! —dijo á su vez Mr. Giles,