Los compañeros se detuvieron y se pusieron á deliberar. Sentian que el miedo les dominaba y se acusaban mútuamente de poltroneria; pero ninguno queria confesar lo que esperimentaba. Se miraron y de un comun acuerdo, sin decir palabra, corrieron á escape hácia la casa, hasta que Mr. Giles que era el mas pesado y que se habia armado con una horquilla, hubo insistido en la necesidad de pararse.

—Es asombroso —dijo cuando se hubo justificado á sus ojos —todo lo que un hombre es capaz de hacer cuando tiene la cabeza caliente! Estoy seguro que hubiera cometido un asesinato si hubiese cojido á uno de esos ladrones!

Como los otros dos pensaban lo mismo y á su instancia se habian calmado de improviso, hicieron reflecsiones filosóficas sobre la causa de este cambio súbito en su carácter.

—Se bien la causa de esto! —dijo Mr. Giles —La cerca!

—No andais fuera de razon! —esclamó Brittles cojiendo la idea.

—Podeis estar seguros de que la cerca ha producido ese cambio en nosotros. —repuso Giles —He sentido marcharse todo mi valor mientras que trepaba en ella.

Por una de esas coincidencias estraordinarias, se encontró que los otros habian esperimentado la misma sensacion en el propio momento; de modo que no cupo duda de que era la cerca, sobre todo cuando hubieron recordado que fué en el acto de treparla cuando distinguieron á los ladrones.

El coloquio tenia lugar entre los dos hombres que habian sorprendido á los bandidos y un calderero ambulante que se habia acostado bajo un cobertizo y que dispertado por el ruido se habia juntado de concierto con sus dos perros al número de los perseguidores. Mr. Giles desempeñaba en la casa el doble empleo de despensero y mayordomo, y Brittles era un hombre de fatiga que entrado de muy jóven al servicio de la vieja señora se le trataba como un muchacho que promete mucho, á pesar de haber atravesado los treinta.

Animándose de este modo recíprocamente por sus palabras, si bien apretándose lo posible uno á otro, temblando de piés á cabeza y arrojando una mirada de espanto á su alrededor cada vez que un soplo de aire agitaba el follaje; nuestros tres hombres corrieron á buscar el farol que habian dejado al pié de un árbol temerosos de que su luz señalase á los ladrones la direccion que debian seguir y regresaron á la casa al galope. Estaban ya muy lejos, cuando todavía podian distinguirse sus sombras vacilantes proyectándose en la distancia y balancearse ligeramente como un vapor que se exhala de un terreno húmedo.

Un largo silencio reinó en el sitio en que los bandidos se separaron; pero al fin lo rompió un débil quejido de dolor. Este quejido era de Oliverio que en el propio instante volvió en sí. Su brazo izquierdo pendia con lasitud á su lado y el pañuelo que le envolvia estaba teñido de sangre. Era tanta su debilidad que solo con gran pena pudo incorporarse y despues que lo hubo logrado lanzó en torno suyo una mirada lánguida como para implorar socorro y sollozó amargamente. Transido de frio y agobiado de fatiga procuró levantarse; pero volvió á caer sobre el césped.