Vuelto del estado de amodorramiento en el que por tan largo tiempo habia estado sumido, Oliverio sintió que un desfallecimiento mortal le llegaba hasta el corazon y comprendió que moriria irremisiblemente sino procuraba dominarlo; en consecuencia hizo un nuevo esfuerzo para ponerse en pié y procuró andar. De pronto vaciló como un hombre beodo, luego reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, avanzó maquinalmente, la cabeza caida sobre el pecho y las piernas doblándose bajo el peso de su cuerpo.
Entonces una multitud de ideas confusas y estravagantes vinieron á sitiar su espíritu. Le parecia estar aun entre Sikes y Crachit que se le disputaban; sus propias palabras resonaban en sus oidos y los esfuerzos que hizo para no caer habiendo aguzado su atencion, les dirijia la palabra como si estuvieran presentes.
En tal estado marchó cayendo y levantando, agarrándose como pudo y por instinto á los barrotes de las cercas y á través de los agujeros de los vallados, hasta que hubo alcanzado la carretera y entonces la lluvia empezó á caer con tanta violencia que le hizo salir de su delirio.
Miró á su alrededor y vió que á poca distancia habia una casa á la que podria llegar. El estado lastimoso en que se encontraba escitaria sin duda la compasion. Y aun cuando así no fuera (pensaba en su interior) mas vale morir cerca de séres humanos que en medio de los campos! Se revistió de todo su valor y dirijió sus pasos vacilantes hácia la casa.
A medida que se acercaba á ella tuvo un presentimiento de que ya la habia visto antes; con todo no recordaba de ningun modo los detalles; pero la forma y el conjunto no le eran desconocidos.
Esa pared de cercado! Sobre el césped, al otro lado en el jardin se habia postrado de rodillas para implorar la piedad de los dos bandidos! Ciertamente era la misma casa que habian intentado robar!
Oliverio tuvo tal espanto al reconocer el sitio, que olvidando un momento el dolor que le causaba su herida no pensó mas que en huir. Huir! A penas podia sostenerse sobre sus piernas y á demás aunque hubiera podido gozar de todo el vigor y la ligereza que se tiene ordinariamente á su edad. ¿á dónde huir? Empujó la puerta del jardin que volvió sobre sus goznes, se arrastró sobre el césped, subió las gradas del peristilo... llamó débilmente á la puerta y abandonándole de pronto sus fuerzas, cayó contra una de las columnas del pórtico.
Fué el caso que en el propio momento Mr. Giles, Brittles y el calderero, despues de todas las fatigas y sustos de la noche, se restauraban en la cocina con una taza de thé y algunas golosinas. No porque entrára en las costumbres de Mr. Giles el sufrir una demasiado grande familiaridad de sus inferiores respecto á los cuales al contrario se portaba regularmente con una fiereza benévola que no podia menos de recordarles su superioridad sobre ellos en el mundo; pero los ladrones, los pistoletazos y el temor á la muerte, acortan las distancias y hacen á todos los hombres iguales. Asi pues Mr. Giles sentado ante el hogar los piés colocados sobre el guarda cenizas y el brazo izquierdo apoyado sobre la mesa, relataba minuciosamente todas las circunstancias del atentado, mientras que sus oyentes (y principalmente la camarera y la cocinera) escuchaban con el mas vivo interés.
—Decia pues que creí oir ruido. —prosiguió Giles —De pronto me dije á mi mismo: es una ilusion y me disponia á dormirme otra vez cuando oí de nuevo el mismo ruido; pero mas distintamente.
—Qué especie de ruido? —preguntó la cocinera.