—Como si dijéramos un ruido sordo —dijo Mr. Giles mirando á su alredor con aire espantado —como algo que cruje.

—O mas bien como una barra de hierro que se limara con una escofina de nuez moscada. —dijo Brittles.

—No digo que no. Así pudo ser cuando vos lo habeis oido; pero en el momento que yo quiero decir era un ruido como de algo que cruje —replicó Mr. Giles —Levanto mi cobertor (continuó repeliendo los manteles) me incorporo y aguzo el oido.

—Dios! —esclamaron simultáneamente la cocinera y la camarera arrimándose la una á la otra.

—Oigo el mismo ruido con mas claredad que nunca —prosigue Mr. Giles —y me digo en mis adentros: de seguro fuerzan una puerta ó una ventana. Qué hacer? Voy á llamar á Brittles é impedir que ese pobre muchacho sea asesinado en su cama; pues de seguro se deja cortar el gaznate de una á otra oreja sin apercibirse siquiera de ello.

Todas las miradas se volvieron hácia Brittles que, con la boca abierta fijó la suya sobre Giles con una espresion de terror.

—Vuelvo á bajar mi cobertor. —dijo este último fijando su vista en la cocinera y camarera —Salgo cautelosamente de mi lecho y ensarto...

—Señor Giles que hay aquí señoras! —dijo á media voz el calderero.

—Mis chinelas. —continuó Giles volviéndose hácia este apoyándose en esta palabra con enfasis (contento como estaba de haberla suplido á la palabra calzones que un hombre bien nacido, no pronuncia jamás ante personas del bello sexo.) Me apodero de la pistola cargada que todas las noches coloco bajo la almohada y me dirijo de puntillas al aposento de ese pobre Brittles. Brittles! —le digo dispertándole —No tengais miedo!

Mr. Giles juntando la accion á la palabra se habia levantado de su silla y habia ya dado dos ó tres pasos con los ojos cerrados, cuando estremeciéndose de repente, como tambien toda la compañia, volvió pronto á su sitio. La cocinera y la camarera arrojaron un grito penetrante.