—Han llamado! —dijo Giles tomando un aspecto del todo tranquilo. —Qué vaya á abrir alguno de vosotros!

Nadie se meneó.

—Paréceme muy estraño que llamen á esta hora. —dijo Monsieur Giles notando la palidez estrema que reinaba en todos los semblantes y viéndose él mismo presa de un terror poco comun. —Pero es necesario que alguno de vosotros vaya á abrir! Me ois?

Así hablando Mr. Giles miraba á Brittles; pero este jóven naturalmente modesto, no considerándose como alguno pensó con razon que la íntima de su superior no se dirijia en él y guardó silencio. Mr. Giles quiso hacer una llamada al calderero; pero éste se habia dormido instantáneamente. En cuanto á las mugeres era inútil pensarlo siquiera.

—Si Brittles quisiera solo entreabrir la puerta ante testigos. —dijo Mr. Giles despues de un momento de silencio —Por mi parte yo seria uno.

—Y yo tambien. —dijo el calderero dispertándose con la misma rápidez que se habia dormido.

Brittles se rindió á estas condiciones, y nuestros tres amigos despues de abiertos los postigos, algo tranquilizados al ver que era dia claro se dirijieron á la puerta de entrada precedidos de los perros y seguidos de las dos mugeres que no atreviéndose á quedarse solas en la cocina formaban la reta-guardia.

Una vez tomadas estas precauciones, Mr. Giles se apoderó del brazo del calderero á fin de impedirle que se escapara (segun dijo chanceándose) y dió la órden de abrir la puerta. Brittles obedeció, y nuestros individuos apretándose unos contra otros y mirando con ávida curiosidad cada uno por encima la espalda de su vecino no vieron otro objeto mas formidable que el pobre Oliverio que agobiado de fatiga y sobrecojido á la vista de tantas personas levantó los ojos con languidez é imploró con la vista su compasion.

—Un chicuelo! —esclamó Mr. Giles arrojando con brio al calderero hasta el fondo del vestíbulo —Qué es lo que tu quieres he? —Mira, mira Brittles! No ves?

Brittles que al abrir habia procurado quedarse detrás de la puerta, no bien hubo visto á Oliverio cuando dió un gran grito. Mr. Giles cojiendo al niño por una pierna y por un brazo (afortunadamente aquel que no estaba roto) lo arrastró en el vestibulo y le tendió todo lo largo en el suelo.