—El es! —gritó Giles con toda sus fuerzas é inclinándose en el tramo de la escalera —Aquí tenemos á uno de los ladrones señora!
Las dos sirvientas subieron los escalones de cuatro en cuatro para llevar esta feliz noticia á sus amas y el calderero hizo todos los esfuerzos para volver Oliverio á la vida de miedo que no se muriera antes de ser ahorcado. En medio de todo este barullo se oyó la voz dulce de una muger que apaciguó el ruido en un instante.
—Giles! —murmuró la voz de lo alto de la escalera.
—Aquí estoy señorita! —contestó éste —Nada temais señorita! Estoy ileso.
—Silencio! —repuso la jóven —Espantais á mi tia mucho mas que los mismos ladrones. El pobre hombre está gravemente herido?
—Furiosamente señorita! —contestó Giles con un aire de complacencia y satisfaccion interior.
—Parece que se está muriendo señorita! —gritó Brittles de la misma manera que antes —No quereis verle señorita antes que...?
—Silencio amigo mio! No movais ruido! —dijo la señorita —Esperad un momento que yo hable á mi tia.
Con paso tan dulce como su voz, la jóven se alejó ligeramente y pronto volvió á dar la órden de trasportar el herido en el aposento de Mr. Giles con todo el cuidado posible. Al propio tiempo dijo á Brittles que ensillára el jaco y se dirijiera á Chertsey para llevar de allí á toda prisa un constable y un médico.
—No queréis verle antes señorita? —preguntó Giles con tanto orgullo como si Oliverio hubiese sido un pájaro de raro plumaje que hubiera cojido con la mayor destreza —No deseais únicamente entreverle?