—Saluda al estrado. —Oliverio saludó.

—Como te llamas hijo?

Oliverio que no había visto nunca á tantos personages, y que ademas habia recibido de Bumble una fuerte bastonada por via de animacion, se puso á llorar. Todos aquellos señores le declararon idiota. Luego se le notificó que era huérfano, acogido por la parroquia; que estaba destinado á tomar un oficio, reducido á deshilar cuerdas viejas para hacer estopa. El pertiguero le condujo á una cuadra donde se durmió sobre un lecho muy duro, pues que las leyes suaves de ese buen país permiten á los pobres el dormir, poco es cierto; pero al cabo alguna vez.

En este mismo dia, mientras que Oliverio dormitaba en el seno de la inocencia, el consejo tomaba una resolucion que debia influir en su porvenir. En efecto, la Administracion se convenció de que los pobres estaban demasiado regalados; que la casa era el punto de reunion de los pasatiempos agradables, donde los almuerzos, las comidas y las cenas llovian durante todo el curso del año; un Eliséo en fin donde todo era placer. Entonces hicieron un reglamento por el que los pobres tenian el libre arbitrio, ó de morirse de consumcion y de hambre en la casa, ó mas prontamente fuera de ella. A este fin hicieron un contrato con la administracion de las aguas, para tener de ellas una provision ilimitada, y otro con un mercader de trigo que debia proporcionar de cuando en cuando una pequeña cantidad de harina de maiz, con la que ellos compusieron tres comidas de puches claros por dia, con una cebolla dos veces la semana, y la mitad de un panecillo el domingo.

Seis meses despues de la llegada de Oliverio á la casa el nuevo sistema estaba en plena práctica. Al principio se hizo costoso por causa del aumento de la cuenta del Empresario de entierros; pero el numero de los pensionistas disminuia considerablemente y la Administracion estaba encantada. A la hora de la comida cada muchacho recibia una escudilla rasa de puches y pare V. de contar; escepto los dias de fiesta, en los que recibia de plús dos onzas y cuartillo de pan. Nunca habia necesidad de lavar las escudillas, pues que los muchachos las pulian con sus cucharas hasta que eran bien brillantes; y cuando habian concluido esta operacion que no ecsijia mucho tiempo, fijaban sobre el caldero miradas tan avidas que parecian querer devorar hasta las baldosas que lo sostenian. Los desdichados comian tan poco, y se habian tornado tan voraces y tan salvages, que uno de ellos dió á entender á sus compañeros que á menos que no se le concediese otra escudilla de puches por dia, se veria en la necesidad de comerse una hermosa noche á su camarada de lecho. Diciendo esto tenia los ojos hoscos, y le creyeron capaz de hacerlo; por lo que se hicieron á las pajitas quien de ellos durante la cena iría á pedir al Escanciador una segunda escudilla de puches. La suerte cayó á Oliverio.

Apesar de ser un niño el hambre le habia exasperado. Se le vantó pues de la mesa, y alarmado el mismo de su temeridad, se adelantó hacia el Escanciador.

—Caballero; quereis hacerme el favor de otra?

El Escanciader se puso pálido y tembloroso. Miró al jóven rebelde con un asombro estúpido. Los ayudantes quedaron estupefactos de sorpresa y los niños de terror.

—Que quieres? —preguntó con voz alterada.

—Quisiera mas si os place, caballero. —respondió Oliverio.