—Acaso ese hombre ha bebido? —dijo Blathers dirijiéndose al doctor.
—Sois un famoso avestruz! Largaos. —añadió Duff dirijiéndose á Giles con el tono del mas profundo desden.
—Mr. Losberne que durante este diálogo habia tomado el pulso del enfermo, se levantó de su silla y dijo á los señores de la policía, que si abrigaban la menor duda sobre este asunto, no tenian mas que pasar al aposento inmediato para interrogar á su vez á Brittles.
Habiendo gustado la proposicion, se mandó subir á Brittles quien, con sus contradicciones innumerables, no hizo mas que embrollar el hecho en vez de esclarecerlo. Dijo entre otras cosas que le seria imposible reconocer al niño, aun cuando en aquel momento estuviera, ante su vista: y que habia pensado que era Oliverio porque el mismo Mr. Giles, lo habia creido; pero que este último acababa de confesar en la cocina aun no hacia cinco minutos, que empezaba á temer no hubiera sido demasiado vivo de genio.
Conforme esta deposicion, se trató de saber si Mr. Giles habia realmente herido á alguno y verificado el exámen de la segunda pistola, se vió que no estaba cargada mas que con pólvora y un poco de taco cosa que sorprendió considerablemente á todos; escepto al doctor, que diez minutos antes habia sacado de ella la bala. Pero, sobre el ánimo de quien ese descubrimiento hizo mas impresion fué sobre el de Mr. Giles quien despues de haber sido atormentado durante algunas horas por el temor de haber herido mortalmente á uno de sus semejantes se tragó el anzuelo con la mayor satisfaccion del mundo.
Al fin, sin ocuparse ya mas de Oliverio, los agentes de policía, dejaron en la casa al constable de Chertsey y se fueron á dormir á la ciudad, despues de haber prometido volver á la mañana siguiente muy de mañana.
En dicha mañana muy de mañana corrió la voz de que en la prision de Kingston habia dos hombres y un niño que habian sido presos la noche precedente como sospechosos. En consecuencia MM. Blathers y Duff hicieron rumbo hácia Kingston.
El crímen de aquellos hombres consistia en haberlos encontrado dormidos en un rimero de heno, crímen que aun que sea enorme que digamos, no es castigado mas que con pena de prision: porque á los ojos de la ley inglesa (esta ley tan dulce y tan buena para todos los vasallos del rey.) no hay en esta accion de dormir bajo el bello fulgor de las estrellas prueba suficiente de que los que se han hecho culpables de ella hayan por esto cometido un robo con escalamiento y fractura é incurrido de consiguiente en la pena de muerte. MM. Blathers y Duff volvieron pues á casa la señora Maylie tan sabios como habian partido de ella.
En fin, despues de una conferencia bastante larga, respecto á Oliverio fué convenido que la señora Maylie y Mr. Losberne, serian sus fiadores; en el caso de que la justicia volviera á este asunto y un escribano de los alrededores fué llamado á este efecto para otorgar la caucion.
Nuestros dos agentes de policía despues de haber recibido un par de guineas por la pena que se habian dado, regresaron á Lóndres cada uno con opiniones del todo diversas respecto á su espedicion: El uno (Duff.) despues de maduras reflecsiones, sosteniendo que la banda de Pett estaba para algo en la tentativa de robo; y el otro (Blathers.) atribuyendo todo el mérito de ella al famoso Conney Chickweed.