Sin dar tiempo al cochero para bajar de su asiento el doctor logró (no sé como) salir de la calesa y corrió en derechura á la casucha, á cuya puerta llamó con golpes redoblados, como un rabioso.
—Voto á mil legiones de demonios! —prorrumpió un feo y raquítico jorobado, abriendo la puerta tan bruscamente que el doctor que acababa de dar su último punta-pié perdió el equilibrio y faltó poco, para que no cayera de todo lo largo en el pasadizo —¿Qué es lo que sucede?
—Lo que sucede? —esclamó el otro cojiéndole por el pescuezo, sin darle tiempo para decir Jesus —Lo que sucede! Se trata de un robo con escalamiento y fractura: He aquí lo que sucede!
—Entonces sucederá además un homicidio si no me soltais! —contestó el jorobado con frialdad —Lo entendeis?
—Sí; os entiendo! —replicó el doctor apretando á éste fuertemente —Dónde está... (Por vida... ahora se me escapa el nombre.) Dónde está ese ladron ese pillo de Sikes?
El raquítico jorobado miró al doctor con asombro é indignacion á la vez; y desprendiéndose con sagacidad de las manos de este último, se retiró al fondo de la casa profiriendo un Kirie... le... de juramentos horribles. Mr. Losberne le siguió hasta una salita obscura sin decir palabra. Miró en torno suyo con alguna inquietud; ningun mueble; ningun objeto animado ó inanimado, ni aun el sitio de los armarios: nada en fin respondia á la descripcion, que de ella habia hecho Oliverio.
—Ea! —dijo el jorobadillo que habia estudiado todos sus movimientos —Cuál es vuestra intencion al entrar de este modo en mi casa? Venís para robarme ó para asesinarme? Cuál de las dos cosas?
—Habeis visto alguna vez vos viejo vampiro á un ladron ó asesino bajar de un coche, para dar su golpe de mano? —preguntó el irracible doctor.
—Entónces que queréis? —esclamó el jorobado con acento furioso —Os invito á que salgais incontinenti si no quereis que os suceda una desgracia.
—Me iré cuando me dará la gana! —dijo Mr. Losberne echando una ojeada rápida á otra salita que lo mismo que la primera no tenia nada de semejante con la descripcion que Oliverio habia hecho de ella —Amigo mio! Sabré volveros á encontrar uno de esos dias.