—Si hé! —dijo rechinando los dientes el horrendo jorobado. —Si alguna vez necesitais de mí, aquí me encontraréis. Hace veinte y cinco años que no he vivido solo en este sitio en tal estado para que vinierais vos á asustarme de este modo. Me la pagaréis! Estad seguro de ello.
Dichas estas palabras el feo y diminuto mónstruo dió un grito acre y se puso á bailar con un furor frenético.
—Esto es demasiado ridículo, —dijo el doctor para sí —Es necesario que el muchacho se haya engañado. Tomad esto!
Al mismo tiempo sacó de su faltriquera una moneda que arrojó al jorobado y volvió á la calesa. Este le siguió hasta la portezuela lanzando imprecaciones todo el camino y mientras Mr. Losberne hablaba al cochero lanzó sobre Oliverio una mirada tan furiosa que de noche como de dia el niño pensó en ella durante un mes entero. El jorobado continuó sus juramentos y sus imprecaciones hasta que el cochero hubo subido otra vez á su asiento; y cuando el coche estuvo ya lejos se le hubiera podido ver aun de cierta distancia patear de rábia y arrancarse los cabellos en un exceso de furor.
—Soy un asno! —dijo el doctor despues de un silencio dilatado —¿Lo sabias tu Oliverio?
—No Señor.
—Pues bien otra vez no lo olvides! Sí; soy un borrico! —continuó el doctor despues de un momento de reflecsion... Dado caso que aquella hubiera sido la misma casa y los mismos individuos ¿qué podia hacer solo? Y aun cuando hubiera dado recio no habria hecho mas que venderme á mí mismo divulgando la estratagema que he debido emplear para ahogar este asunto. Y con todo esto hubiera sido bien hecho! Me hundo siempre en algun pantano, obrando así, segun mi primer impulso y nunca saco de ello ningun bien.
El hecho es que este hombre escelente jamás en su vida habia obrado de otro modo; y que lejos de hundirse en un pantano como decia, la naturaleza del impulso que seguia era tal que se habia adquirido el respeto y la estimacion de todos los que le conocian.
Como Oliverio sabia el nombre de la calle en que habitaba Mr. Brownlow se dirijieron á ella en derechura, sin buscar y cuando la calesa dobló la esquina de esa calle, el corazon del niño palpitó con tanta fuerza que apenas podia respirar.
—Hijo mio! Dinos ahora que casa es esa? —preguntó Mr. Losberne al doblar una esquina.