—Allí! allí! Aquella! La casa blanca! —esclamó vivamente Oliverio sacando la cabeza por la portezuela del coche —Oh! pronto... pronto... os lo suplico! Siento que me moriré de alegria... Estoy todo tembloroso.
—Paciencia! Paciencia! —dijo el bueno del doctor dándole un golpecillo sobre la espalda... Los verás al momento y ellos estarán gozosos de verte sano y salvo.
—Oh! No lo dudo! —replicó Oliverio —Han sido tan buenos para conmigo! Si lo supierais caballero!
—El coche se paró: no era esta la casa. Avanzó algunos pasos y se paró otra vez. Lágrimas de contento se escaparon de los ojos del niño cuando miró á las ventanas... Ah! La casa blanca estaba desierta y un letrero con estas palabras «Para alquilar.» colgaba encima de la puerta.
—Llamad á la otra puerta cochero! —dijo el doctor pasando su brazo bajo el de Oliverio.
—Sabeis que se ha hecho de Mr. Bronwlow que habitaba la casa vecina? —preguntó á la criada que vino á abrir.
—No lo sé; —contestó ésta —pero voy á informarme.
Volvió al cabo de un momento y dijo que hacia cerca seis semanas que Mr. Brownlow habia vendido su moviliario y que en seguida habia partido para las Indias occidentales.
—Se ha llevado con él la ama de llaves? —preguntó Mr. Losberne despues de un momento de reflecsion.
—Sí caballero. —respondió la criada —Se ha llevado á su ama de llaves y á uno de sus amigos... Los tres han partido en el mismo dia.