—Ea! derecho á casa cochero! —dijo Mr. Losberne —y picad de recio á vuestros caballos hasta que estemos fuera de este maldito Lóndres.
—Y el librero señor? —dijo Oliverio —Sé donde habita... Vamos allá; os lo ruego...
—Pobre muchacho! —contestó el doctor. —Basta ya de desorientamiento por hoy. Si vamos á la habitacion del librero, no dudo que habrá muerto, ó que su casa ha sido incendiada, ó bien que se ha fugado.... No; derecho al domicilio. —Y conforme al primer impulso del doctor, se volvieron á casa.
Esta circunstancia con todo no produjo cambio alguno en la conducta, de las bienhechoras de Oliverio para con él. Pasó luego una quincena, y habiendo llegado la hermosa primavera se prepararon para dejar por algunos meses la casa de Chertsey. En consecuencia enviaron á casa su banquero la platería que habia excitado tanto la codicia del judío y despues de haber dejado á Giles y otro criado en la casa para que cuidáran de ella durante su ausencia, las dos señoras partieron á su casa de campo situada á algunas leguas distante de allí llevándose con ellas á Oliverio.
La campiña en que se habian retirado era á la verdad encantadora y Oliverio poco acostumbrado á una mansion tan deliciosa, parecia empezar una nueva vida.
Cada mañana iba cerca la iglesia en casa un anciano de blancos cabellos quien le enseñaba á leer y á escribir, el cual lo hacia con tanto ahinco que Oliverio jamás podia hacer bastante para contentarlo. En seguida daba un paseo con sus bienhechoras; y si se sentaban para recrearse con la lectura, escuchaba con tanta atencion que la noche hubiera llegado sin notarlo. Luego era necesario prepararse para la leccion del dia siguiente encerrándose en un pequeño gabinete, que daba al jardin y estudiando hasta la tarde en que se daba un segundo paseo.
Todos los dias á las seis de la mañana estaba en pié recorriendo los campos y cojiendo flores de las que hacia ramilletes que ponia sobre la mesa á la hora del almuerzo. Traia tambien yerba murages para los pajáros de la Señorita Maylie y decoraba con ella las jaulas con un cuidado esquisito. Concluida esta faena siempre habia alguna pequeña comision que desempeñar en el pueblo, algun acto de caridad que ejecutar de parte de las señoras. O bien se divertia cultivando en el jardin las plantas que el clérigo del villorrio, que era jardinero, le habia enseñado á conocer y en medio de esa ocupacion llegaba la Señorita Rosa, quien jamás dejaba de elogiarle por todo lo que habia hecho recompensándole siempre con una sonrisa graciosa.
Así transcurrieron tres meses: tres meses de felicidad para Oliverio, cuya vida hasta entonces no fuera mas que una cadena contínua de tristezas y de tormentos.
CAPÍTULO XXXII.
UN ACONTECIMIENTO IMPREVISTO VIENE Á TURBAR LA DICHA DE NUESTROS TRES AMIGOS.