Mientras se dirijian al tribunal, Mr. Bumble insinuó á Oliverio que debia mostrarse muy contento, y cuando el caballero magistrado le preguntase si era de su gusto el entrar de aprendiz responder que lo deseaba de todo corazon. Oliverio prometió conformarse á una y á otra de las dos recomendaciones, tanto mas porque el pertiguero le dió á entender con mucha destreza que si fallaba no respondía de los resultados. Llegados al despacho del magistrado, el niño fué encerrado y dejado solo en un gabinete con la órden de esperar la vuelta de Mr. Bumble. Allí quedó durante media hora con el corazon palpitante de temor, pasada la cual aquel entreabrió la puerta y alargando su cabeza desprovista del sombrero de tres picos dijo de modo que pudiera ser oído: —Amigito? ven á presentarte al Señor Magistrado. —Luego tomando un aspecto amenazador añadió en voz baja —Bribonzuelo! cuidado con olvidar lo que te tengo dicho!

Oliverio miró á Mr. Bumble con aire de babiéca, sorprendido de un modo de hablar tan contradictorio; pero ese digno sujeto no le dió tiempo para hacer comentario alguno sobre este punto y le introdujo en una pieza vecina cuya puerta estaba abierta. Esta era una sala espaciosa alumbrada por una gran ventana. Detras de la balustrada dos viejos señorones con la cabeza empolvada estaban sentados en un bufete. El uno leía un periódico, y el otro con la ayuda de un par de anteojos de concha, recorria una oja pequeña de pergamino colocada ante el. A un lado y frente el bufete, se mantenía tieso Mr. Limbkins, y en el otro, Mr. Gamfield con su cara embadurnada de hollin; dos ó tres cara de pascuas con botas de vueltas de ante (ó a la Imperial.) se pavoneaban en el mismo centro de la sala.

El viejo de los anteojos se adormeció por grados sobre el pergamino y reinó un momento de silencio despues que Mr. Bumble hubo colocado á Oliverio frente el bufete.

—Aquí está el niño Señor Magistrado. —dijo Bumble.

El viejo que leia el periódico, se ladeó un poco y logró despertar al otro tirándole de la manga.

—Ah! ¿es el niño? —dijo este.

—El mismo. —respondió el pertiguero. —Amigito; saluda al Señor Magistrado!

Oliverio se revistió de valor é hizo el mejor saludo posible en él. Fijos sus ojos sobre las cabezas empolvadas de los magistrados, se preguntaba á si mismo, si acaso todos los miembros del tribunal de justicia nacian con esa materia blanca en los cabellos, y por esto llegaban á ser magistrados.

—Esta bien. —repuso el de los anteojos —Creo que tendrá aficion á limpiar chimeneas.

—Se muere por lograrlo Señor Magistrado. —replicó Bumble pellizcando de lo lindo á Oliverio para insinuarle que obraria bien en no decir lo contrario.