—Con que quiere ser raspa hollines? —preguntó el magistrado.

—Por mas que hiciéramos para obligarle á tomar otro oficio á la mañana siguiente nos dejaria burlados. —respondió Mr. Bumble.

—Y es ese hombre quien vá á ser su maestro? Vos Señor? Es cierto que lo tratareis bien? que lo alimentareis bien y que tendreis mucho cuidado de él?

—Cuando se dice que se hará; prueba que hay intencion de hacerlo. —repuso Gamfield con aire bestial.

—Teneis la palabra viva y el tono brusco amigo; pero me pareceis franco y honrado. —dijo el magistrado apuntando sus anteojos al pretendiente á la prima prometida en el anúncio, cuyo semblante innoble llevaba impreso el sello de la crueldad; pero como el magistrado era medio ciego y medio niño, no hay que asombrarse de que no discerniera, lo que cualquiera podia distinguir al momento.

—Lo soy una miaja, con mucha vanagloria! —dijo el limpia chimeneas con una sonrisa espantosa.

—No lo dudo. —dijo el magistrado fijando sus anteojos en la punta de las narices, y buscando con la vista el tintero.

Este era el momento crítico para la suerte de Oliverio. Si el tintero hubiese estado en el sitio en que le creia el magistrado, indudablemente hubiera sumerjido en el su pluma, hubiera firmado el acta, y Oliverio hubiera sido llevado sin mas dilacion; pero como cabalmente estaba bajo sus ojos, es de aqui que naturalmente lo buscó por todo el pupitre sin poder encontrarlo. En esta pesquiza fijó la vista en linea recta ante si y su mirada se encontró con el rostro pálido y lívido de Oliverio, quien apesar de los guiños significativos y las advertencias edificantes de Mr. Bumble, que continuaba en pelliznarle, contemplaba con una espresion de horror mezclada de espanto la fisonomía repugnante de su futuro patron. Esta espresion era demasiado significativa para que un magistrado por ciego que fuera dejase de apercibirla.

El viejo cesó en sus pesquizas; dejó su pluma sobre la mesa y miró alternativamente á Oliverio y á Mr. Limbkins, quien tomó un polvo afectando un aire candido é indiferente á la vez.

—Hijo mio! —dijo el magistrado inclinándose sobre el pupitre.