—Oliverio! dijo Enrique en voz baja. —Tengo algo que deciros.
Oliverio siguió á Mr. Maylie hácia el alfeizar de una ventana, muy sorprendido del contraste chocante que ofrecia la conducta del jóven, triste y alegre á la vez.
—Ahora, empezais ya á escribir algo correctamente no es cierto?
—Si... bastante bien caballero —respondió éste.
—Pueda que tarde algun tiempo en volver á esta casa; descaria que me escribieseis... algo amenudo... por ejemplo una vez cada quince dias: cada lunes mejor.
—Con mucho gusto caballero! —esclamó Oliverio encantado de esta muestra de confianza por parte del hijo de su bienhechora.
—Tendria un placer de saber por vos como... lo pasan mi madre... y... la Señorita Maylie, respecto á salud —prosiguió el jóven —Escribidme largo y habladme de los paseos que dais por la tarde; del objeto de vuestras conversaciones; y decidme sobre todo si ella. —Quiero decir si esas dos señoras se muestran felices —Comprendeis bien, no es cierto?
—Oh! si caballero! —replicó Oliverio.
—No es necesario que las hableis de ello —añadió Enrique afectando un tono de indiferencia. Esto obligaria sin duda á mi madre á escribirme mas amenudo; y yo quisiera, todo lo posible evitarla esta molestia.
Oliverio prometió escribir largas cartas y guardar fielmente el secreto y Mr. Maylie se despidió de él despues de haberle dado seguridades de su afecto y de su proteccion.