El doctor estaba ya en la silla de posta. Enrique lanzó una mirada furtiva hácia la ventana de Rosa y se avalanzó dentro del carruaje.
—En marcha! gritó —A escape postillon!
—Eh! no tan aprisa... no tan aprisa —gritó á su vez el doctor bajando el vidrio delantero.
La silla de posta se alejó pronto y las ruedas girahan con tal velocidad, que era imposible á la vista el seguirlas.
Ella se hallaba ya á tres ó cuatro millas de la habitacion de nuestros amigos, cuando cierta persona permanecia aun en pié, con los ojos fijos en el punto donde habia desaparecido: porque en esa misma ventana hácia la cual Enrique habia lanzado una mirada furtiva antes de subir al coche, trás el blanco cortinaje que la habia ocultado á los ojos del jóven, estaba Rosa muda é inmóvil.
—Parece que es feliz! —dijo al fin. —Por un momento he temido lo contrario... Me engañaba... Estoy contenta! muy contenta!
CAPÍTULO XXXVI.
EN EL QUE, TRANSPORTÁNDOSE AL CAPÍTULO XXXIII DE ESTA OBRA, SE NOTARÁ UN CONTRASTE POR DESGRACIA DEMASIADO COMUN EN EL MATRIMONIO.
MONSIEUR Bumble estaba sentado en el locutorio de la casa de caridad con los ojos tristemente fijos en el hogar que por razon de la bella primavera se hallaba sin fuego.
La tristeza de Mr. Bumble no era la sola cosa capaz de exitar la compasion. Todo en su persona anunciaba que habia tenido lugar un gran cambio en su posicion social. ¿Qué se habian hecho el sombrero de tres picos y el frac galoneado? Es cierto que llevaba como antes unos calzones cortos y medias de algodon negras, pero ellos no eran ya los calzones de paño felpudo. La casaca tenia largos faldones, como la otra; pero cuán diferente de ella. El elegante sombrero de tres picos habia sido reemplazado por un modesto sombrero redondo... Mr. Bumble en fin no era ya Pertiguero.