Mr. Bumble se habia casado con la Señora Corney y habia llegado al grado de director de la casa de caridad.
—Pensar que mañana hará dos meses que estamos casados!
Se hubiera podido creer, por lo que acababa de decir Mr. Bumble, que este corto espacio de tiempo habia comprendido toda una existencia de felicidad; pero un fuerte suspiro probaba demasiado lo contrario.
—Me he vendido por seis cucharas de café, un par de tenacillas para el azúcar, un jarro de leche, algunos malos muebles y veinte libras esterlinas —Puedo alabarme de haber sido muy mentecato! Preciso es confesar que la compra ha sido buena!
—Buena compra! Buena compra! —gritó una voz acre al oido de Mr. Bumble. —Menos que ello, hubiera sido aun demasiado por lo que vos valeis.
Mr. Bumble se volvió y se encontró cara á cara con su interesante mitad que habia cojido imperfectamente el sentido de sus medias palabras.
—Señora Bumble! —dijo éste con aire severo y sentimental.
—Y qué? —contestó la señora.
—Tened la bondad de mirarme un poco si os place! Si sostiene mi mirada —se dijo Mr. Bumble para sí mismo, —puede desafiarlo todo. Jamás (al menos que yo sepa) he dejado de producir el mayor efecto sobre los pobres... Si ella puede suportarla, mi autoridad está perdida para siempre.
El caso es que la matrona de ningun modo se desconcertó por la que le lanzó Mr. Bumble. Muy lejos de ello afectó la mayor indiferencia y llevó el desprecio hasta reirse en las propias barbas de su marido de tan buena gana en apariencia y con tanto estrépito como si fuera lo mas natural.