Asombrado de un hecho que de seguro no esparaba, Mr. Bumble no supo si debia dar crédito á sus ojos y á sus orejas. Se puso pensativo y solo la voz de su dulce mitad pudo sacarle de sus reflecsiones.
—Vais á quedaros aquí todo el dia roncando? —preguntó ésta.
—Me quedaré aquí todo el tiempo que me dará la gana, lo entendeis —señora —contestó Mr. Bumble... Y aun que no ronco roncaré, bostezaré, estornudaré, reiré, cantaré, gritaré, segun sea mi capricho, á tenor de mis prerrogativas.
—Vuestras prerrogativas? —esclamó la Señora Bumble.
—He dicho la palabra señora! observó el ex-pertiguero. —Las prerrogativas del hombre... son el mandar.
—Y cuáles son las prerrogativas de la mujer... si os place?
—El obedecer señora! —respondió Mr. Bumble con voz de trueno. —Vuestro difunto primer marido (el desdichado Corney) hubiera debido enseñároslo y pueda que si lo hubiese hecho fuera aun de este mundo... Pobre hombre! yo me alegraria de ello de todo corazon!
La Señora Bumble vió de una sola ojeada que era llegado el momento decisivo y que era preciso dar un gran golpe para asegurar la soberanía en favor del uno ó del otro. Así pues, luego que hubo oido la alusion hecha á la memoria del difunto, dejándose caer en una silla, gritó que Mr. Bumble no era mas que un irracional y derramó un torrente de lágrimas.
Pero las lágrimas no eran cosa capaz de hallar cabida en el corazon de Mr. Bumble el cual estaba construido á prueba de agua.
—Esto descarga los pulmones, lava la cara, ejercita los ojos y dulcifica el carácter —añadió —con que llorad, llorad querida!