Tranquilizado por el pensamiento de que Nancy podia muy bien tener fiebre, Sikes vació su vaso hasta la última gota; y luego continuando en regañar y jurar, pidió su pocion. La jóven no se lo hizo decir dos veces; se levantó al momento de su silla, derramó el brebaje en una taza (habiendo para ello tenido cuidado de volverse, un poco de espalda) y por si misma le llevó la tasa á los labios hasta que lo hubo bebido todo.
—Ahora —dijo el bandido —ven á sentarte cerca de mi y recobra tu fisonomía acostumbrada, si no quieres que yo mismo le la cambie, de modo que no la reconozcas cuando se te antoje mirarte en el espejo.
Esta obedeció y Sikes cojiéndola la mano la tuvo estrechamente cerrada en la suya no dejándo de contemplarla atentamente. Luego volvió á recostarse en la almohada. Sus ojos se cerraron, y despues volvieron á abrirse; tornaron á cerrarse y á abrirse de nuevo. Se removió en su lecho y cambió muchas veces de posicion, como si hubiese estado incómodo y en seguida se amodorró por intervalos repetidos en el espacio de algunos minutos, estremeciéndose de tanto en tanto y mirando con aire estraviado á su alrededor. De pronto quedó inmóvil en la postura de una persona que vá á levantarse y luego se durmió con un sueño soporífico. Su mano soltó la de Nancy y cayó con flojedad sobre el lecho.
—El láudano ha producido al fin su efecto! —murmuró Nancy separándose inmediatamente del lecho. —Tal vez será ya tarde!
Diciendo estas palabras se puso con presteza el sombrero y el chal y mirando con espanto á su alrededor, como si á pesar del brebaje que habia administrado al ladron esperase á cada momento sentir sobre su espalda la presion de su mano ruda, despues inclinándose, cautelosamente sobre el lecho, imprimió un beso en los labios de Sikes y desapareció con la celeridad del rayo.
Al estremo de un pasaje que debia atravesar para llegar á una de las calles principales de Londres, un watchman, cantó las diez y media.
—Hay mucho tiempo que ha sonado la media? —preguntó Nancy.
—Dentro un cuarto de hora darán las once! —respondió el sereno levantando su farol para ver el rostro de la jóven.
—Las diez y tres cuartos ya! y necesito aun mas de una hora para llegar allí! dijo á sí misma Nancy continuando su camino con una celeridad sin igual.
—Esta mujer está loca! —decia la gente mirándola correr de tal modo á lo largo del malecon.