En una calle elegante y tranquila de los alrededores de Hyde-Park estaba situado un palacio magnífico. En el momento que Nancy descubrió la brillante luz del reverbero colocado ante la puerta dieron las doce en el reló de una iglesia vecina. Habia contenido su marcha incierta de si debia avanzar ó retroceder, pero habiéndola decidido el sonido de la campana, entró en el vestíbulo. Al ver vacante el asiento del portero, miró con ademan inquieto en torno suyo y se dirijió hácia la escalera.
—Qué se os ofrece jóven? —preguntó una camarera vestida con elegancia, entreabriendo una puerta trás de Nancy. A quién buscais aquí?
—Una señorita que está en esta casa —respondió la jóven.
—Una señorita! —replicó la otra con desden. —Qué señorita, si os place?
—La señorita Maylie. —dijo Nancy.
La jóven camarera que durante este corto diálogo habia notado el talante de aquella, se contentó con mirarla de los piés á la cabeza é hizo señal á un lacayo para que se encargára de continuarlo. Nancy manifestó á este último el motivo de su visita.
—De parte de quién? —preguntó el criado —que nombre debo decir?
—El no es necesario. —replicó Nancy.
—Ni tampoco el motivo que os trae aquí? —preguntó el hombre.
—Tampoco; no vale la pena —respondió la jóven —es preciso que yo vea á esa señorita.