—Pero dónde os encontraré cuando sea necesario? preguntó Rosa —No pretendo saber donde habitan esas personas horribles; pero aun tengo necesidad de volveros á ver otra vez.
—Me prometeis guardar fielmente el secreto y venir sola ó al menos acompañada únicamente de la persona que estará en la intimidad? preguntó la jóven —Puedo confiar en que no seré espiada ó seguida?
—Os lo juro! —respondió Rosa.
—Todos los domingos desde las once hasta las doce de la noche —dijo Nancy sin vacilar —me pasearé por el puente de Londres... si existo!
—Todavía una palabra! —dijo Rosa, al ver á la jóven que se preparaba para marcharse —Reflecsionad aun una vez en el horror de vuestra posicion y en la ocasion que se os presenta de libertaros de ella. Teneis derecho al interés que os demuestro, no solo por haber venido aquí voluntariamente para hacerme esta revelacion, sino tambien porque, estais perdida mas allá de toda esperanza. Volveréis á esa cuadrilla de ladrones y á ese hombre que os maltrata tan cruelmente, cuando una sola palabra basta para salvaros? Cuál es pues ese encanto que os impele á pesar vuestro á la desgracia y al crímen? No hay en vuestro corazon una cuerda que pueda yo tocar? No queda en él pues ningun sentimiento al cual pueda yo llamar contra ese fatal prestigio?
—Cuando las jóvenes señoritas tan hermosas y tan buenas como vos, entregan su corazon —replicó Nancy con firmeza —el amor las impele algunas veces muy lejos, aun aquellas que como vos tienen padres, amigos y admiradores para distraerlas. Pero cuando las jóvenes desgraciadas que como yo no tienen otro hogar que la tumba, ni otro amigo para visitarlas en sus enfermedades, ó en la hora de la muerte que el enfermero del hospital, dan su corazon á un hombre que les hace las veces de los padres y de los amigos, que han perdido ó les han faltado durante todo el curso de su miserable existencia, quién puede esperar curarlas? Tenednos lástima, señorita, de alimentar en nuestro corazon un sentimiento que la justicia divina condena y los hombres reprueban.
—Aceptaréis de mí al menos algun dinero, que os proporcione vivir sin deshonor, hasta que volvamos á vernos? —dijo Rosa despues de un momento de silencio.
—Ni un sueldo —contestó la jóven.
—No rechazeis el ofrecimiento que os hago de ayudaros! dijo Rosa con bondad —Deseo seros útil; os lo aseguro.
—Me hariais un beneficio mas grande —repuso Nancy con el acento de la mayor desesperacion —si pudierais arrancarme la vida de un solo golpe; porque jamás como esta noche he sentido todo el horror de mi situacion y me seria muy grato no morir en el mismo infierno en que he vivido! Que Dios os bendiga, buena señorita y que él derrame sobre vuestra cabeza tanta felicidad, como deshonra y oprobio ha derramado sobre la mia!