—Nunca es tarde para el arrepentimiento —dijo Rosa.

—Es demasiado tarde! esclamó Nancy torciéndose los brazos en la agonía de la desesperacion... Al presente no puedo abandonarle! No; no quiero ser la causa de su muerte!

—Por qué seriais la causa de su muerte? preguntó Rosa.

—Nada podria salvarle —prorrumpió la jóven —si declaraba á otros lo que acabo de deciros y si los ponian presos á todos; él no podria librarse. Es el mas atrevido y el mas intrépido de la cuadrilla... y ha cometido acciones tan atroces!...

—Es posible —dijo Rosa —que por tal hombre renuncieis á una libertad verdadera y á la esperanza de un porvenir mejor? Esto es una locura inconcebible!

—Yo propia ignoro lo que esto es —replicó la jóven —Todo lo que sé es que esto no pasa á mí sola y que hay otras muchas tan viciosas y tan miserables como yo que piensan del mismo modo. —Es preciso que me marche! Que ello sea voluntad del cielo ó castigo del mal que he hecho, es de lo que no puedo darme cuenta á mi misma; pero soy atraida hácia ese hombre á pesar de su brutalidad para conmigo y creo que lo seria tambien aunque supiera que tengo que morir de su mano.

—Qué hacer? —dijo Rosa. —Yo no deberia dejaros marchar así.

—Vos no me detendréis, estoy de ello segura! —repuso la jóven, —no lo haréis, porque me he fiado en vuestra bondad y no he exijido de vos promesa alguna, como hubiera podido hacerlo.

—Entónces de que me servirá la revelacion que me habeis hecho? —preguntó Rosa —Por el interés de Oliverio á quien deseais servir, este misterio debe ser aclarado.

—Paréceme que podriais contar esto, bajo el sello del secreto á algun caballero, amigo vuestro quien os dirá lo que teneis que hacer, repuso Nancy.