—En dónde? —preguntó Rosa.
—Bajaba de un carruaje y entró en una casa —respondió Oliverio llorando de gozo —No le he hablado... no podia hablarle; porque no ha reparado en mí y yo estaba tan trémulo que me ha sido imposible correr á él; pero Giles se ha informado de si vivia en la casa donde le hemos visto entrar y le han respondido que sí... Tomad —añadió sacando un papel de su faltriquera —esta es su direccion: es allí donde vive... permitid que vaya al instante... Oh! Dios mio! Dios mio! que me sucederá cuando le vea y él me hable!
—Al instante! dijo Rosa —Enviad á buscar una calesa y estad pronto para partir; voy á llevaros allá al momento... No hay que perder un minuto! Unicamente el tiempo para prevenir á mi tia que salimos por una hora y estoy con vos... Con qué, estad preparado!
Oliverio no se lo hizo decir dos veces y en menos de diez minutos estaban en marcha para Craven street en el Strand. Cuando hubieron llegado, Rosa bajó del coche para preparar al anciano caballero á recibir á Oliverio y entregando su tarjeta al criado le suplicó dijera á Mr. Brownlow, que deseaba verle por asuntos de la mayor importancia. Este reapareció muy luego, habia recibido la órden de hacer subir á la jóven señorita: y la introdujo en un aposento del primer piso, donde fué presentada á un caballero de edad algo avanzada, de aspecto afable y vistiendo una casaca de verde-botella. No lejos de él estaba otro caballero viejo, con calzon corto y polainas de mahon, el cual caballero viejo (que no parecia extremamente amable), estaba sentado con las manos plegadas, apoyadas sobre el puño de su baston y su barba encima.
—Mil perdones señorita! dijo el caballero de la casaca verde, levantándose precipitadamente de su silla y haciendo un saludo gracioso á la señorita Maylie. —Creia que podiais ser una persona importuna que... Os pido por favor que disimuleis... Tomaos la molestia de sentaros.
—Es á Mr. Brownlow á quien tengo el honor de hablar? —dijo Rosa dirijiéndose á este último.
—Sí; señorita —respondió el caballero anciano —y ahí está mi amigo Mr. Grimwig... Grimwig, queréis tener la bondad de dejarnos por algunos minutos?
—Creo, que el Señor, no estará de mas en este punto de nuestra entrevista. Estoy bien informada; no es estraño al asunto que me trae cerca de vos.
Mr. Brownlow hizo una inclinacion de cabeza y Mr. Grimwig que habia hecho un saludo muy tieso al levantarse de su silla, hizo otro saludo muy tieso y sentóse otra vez.
—Sin duda voy á sorprenderos —dijo Rosa algo cortada; —pero en otro tiempo manifestasteis mucho interés y afecto á uno de mis jóvenes amigos y estoy segura que no os sabrá mal recibir noticias suyas.