—Verdaderamente! —dijo Mr. Brownlow —¿Puedo saber su nombre?
—Oliverio Twist! contestó Rosa.
Apenas hubo pronunciado este nombre, Mr. Grimwig que se habia puesto á recorrer un libro voluminoso colocado sobre la mesa, lo cerró bruscamente y dejándose caer en el respaldo de la silla dejó ver su rostro en el que estaban marcadas las señales de la mayor sorpresa.
El asombro de Mr. Brownlow no fué menor, aunque no lo dejase apercibir de un modo tan escéntrico. Acercó su silla á la de Rosa y dijo:
—Hacedme el favor, querida señorita, de pasar en silencio esa solicitud y esa bondad de que hablais y de la que nadie duda y si está en vuestro poder desilusionarme en cuanto á la opinion desfavorable, que he debido concebir de ese niño... Oh! en nombre del cielo hacedlo al instante.
—Es un pilluelo! me comeria la cabeza que es un pilluelo! —dijo Mr. Grimwig sin mover ningun músculo de su rostro, como lo hiciera un ventrilocuo.
—Ese niño tiene el corazon noble y generoso —repuso Rosa ruborizándose —y el Sér Supremo que ha juzgado á propósito enviarle penas y hacerle pasar por pruebas superiores á sus fuerzas, le ha dado cualidades y sentimientos que harian honor á personas que tienen seis veces su edad.
—Yo no tengo mas que sesenta y un año! —replicó Mr. Grimwig en el mismo tono; y como no tomando en ello cartas el diablo, ese Oliverio de que hablais debe tener doce años sino tiene mas, no veo la aplicacion de esta advertencia.
—No hagais caso de mi amigo, Señorita —dijo Mr. Brownlow —no reflecsiona lo que dice.
—Si par diez! gruñó Mr. Grimwig.