—No no lo reflecsiona, os lo aseguro! replicó Mr. Brownlow, que empezaba á impacientarse visiblemente.
—Se comeria él la cabeza, sino dijera la verdad!
—Mejor mereceria que se la rompieran!
—Quisiera ver á alguno que lo propusiera! —replicó Monsieur Grimwig golpeando el suelo con su baston.
Despues de haberse ecsaltado de tal modo, los dos amigos lomaron separadamente un polvo y se dieron enseguida un buen apreton de manos segun su costumbre invariable.
Rosa que habia tenido tiempo de reunir sus ideas, relató en pocas palabras lo que habia sucedido á Oliverio desde el dia en que habia dejado la casa de Mr. Brownlow, reservando para el momento en que estaria sola con este caballero, la revelacion de Nancy. Añadió que el único dolor de ese muchacho durante muchos meses habia sido no poder encontrar otra vez á su bienhechor.
—Alabado sea Dios! —dijo el anciano caballero —He aquí lo que me tranquiliza! Pero, Señorita Maylie, vos no nos habeis dicho donde se halla ahora... Mil perdones por la pregunta que voy á haceros; ¿por qué no lo habeis llevado?
—Está abajo en el carruaje, que espera á la puerta —contestó Rosa.
—Aquí! á mi puerta! —esclamó el anciano y sin decir una palabra mas se lanzó fuera del aposento, bajó la escalera de cuatro en cuatro, saltó sobre el estribo y de allí dentro del coche.
Apenas la puerta del aposento se hubo cerrado trás él, Monsieur Grimwig levantó la cabeza y convirtiendo en eje uno de los piés traseros de su silla, describió con la ayuda de su baston y de la mesa, tres círculos distintos; despues de lo cual, poniéndose en pié, andó piano piano, lo largo del aposento y acercándose de improviso á Rosa la abrazó sin otro preámbulo.