—Conoceriais casualmente alguno —dijo —que necesitara un aprendiz? Hay en la parroquia un niño, que actualmente es una carga monstruosa para ella ó mejor una rueda do molino suspendida de su cuello. Señor Sowerberry buenas condiciones! Una verdadera ganga! —Así hablando dió con sn baston tres golpecitos muy marcados sobre las palabras: cinco libras esterlinas impresas en el anúncio en mayúsculas romanas de una talla gigantesca.
—Por vida de... —esclamó el empresario cogiendo á Bamble por el faldon de su levita de uniforme —justamente quería hablaros de esto. No ignorais... Diantre! Que hermoso escudo llevais Señor Bumble! Paréceme que no os lo habia visto an teriormente?
—Si; hace bastante buen efecto. —dijo el pertiguero envanecido de la observacion. —El asunto es identíco al del sello parroquial: (el buen Samaritano curando las llagas de un pobre enfermo) Señor Sowerberry; es un regalo que me hizo la Administracion el primer dia del año. Lo llevé por primera vez si no me engaño el dia que asistí á la vista del proceso formado con motivo de aquel comerciante arruinado que murió al pié de una puerta cochera en medio de la noche.
—Ah! ya recuerdo. —dijo el otro. —El jurado espresó su veredicto en estos términos: Muerto de hambre y de frio, no es cierto?
Mr. Bumble hizo una señal afirmativa.
—Y añadió de un modo enérgico que si el oficial de vigilancia hubiese...
—Ta... ta... ta... ta! —hizo el pertiguero con tono acre —Si la Administracion tuviese que prestar oídos á toda la ojarazca que esparcen esos jurados ignorantes ¿donde iria á parar?
—Es cierto. —dijo Sowerberry.
—Los jurados —prosiguió Mr. Bumble oprimiendo fuertemente con su mano el baston, costumbre que tenia cuando estaba colérico. —Los jurados son unos seres viles, bajos y rastreros hasta la quinta escencia.
—Tambien es cierto. —dijo el otro.