—Ciertamente que es peor —repuso el judío con aire distraido. —Jamás la habia visto arrebatarse como hoy por nada.

—Ni yo tampoco. Sospecho que ha cojido un poco de esa maldita fiebre que me ha tenido en un triz. Qué os parece? Esto no puede ser otra cosa.

—Es posible.

—Yo me encargo de sacarle un poco de sangre, si ello le repite otra vez. Así evitaré que el médico se tome la molestia de venir.

El judío hizo una espresiva señal de cabeza, dando á entender que aprobaba mucho este tratamiento.

—No me ha dejado un momento durante esa enfermedad endiablada; rodaba dia y noche alrededor de mi lecho, mientras estuve en pastura horizontal, en tanto que vos, viejo cocodrilo, me habeis dejado allí; me habeis abandonado; y os habeis puesto en guardia. No teníamos un sueldo en casa y esto es probablemente lo que la habrá atormentado. Puede que el haber estado tanto tiempo encerrada le habrá agriado el carácter, no es así?

—Es muy probable querido! —dijo el judío en voz baja —Silencio! Aquí está!

Apenas hubo dicho estas palabras, Nancy volvió á aparecer en el aposento y se sentó en su sitio. Se conocia que habia llorado, porque sus ojos estaban rojos é hinchados. De repente se agitó en su silla y un instante despues soltó una carcajada convulsiva.

—Héla ahí que se ríe ahora! —esclamó Sikes volviéndose á su compañero con sorpresa.

—El judío le hizo señal de que no hiciera caso y Nancy recuperó pronto la calma. Despues de haberle dicho á Sikes al oido que no habia temor por entonces de una recaida, pues que lo creia todo concluido. Fagin tomó su sombrero dando las buenas noches á sus amigos. Al llegar á la puerta, se paró y lanzando una mirada á su alrededor preguntó si habia alguno que quisiera alumbrarle para bajar.