Oliverio aunque educado por filósofos ignoraba en teoría su mácsima sublime de que: el cuidado de sí mismo es la primera ley de la naturaleza. Si la hubiera conocido aquel percance tal vez le hubiera hallado prevenido; pero como no lo estaba, no hizo mas que aumentar su espanto; asi es que corria como el viento llevando al anciano caballero y á los dos muchachos trás sus talones.

—Al ladron! Al ladron!

Hay algo de sublime en este grito. El mercader deja su mostrador y el carretero su carro, el carnicero abandona su trabajo, el panadero su canasto, la lechera sus jarros, el fajin su bulto, el estudiante su carambola, el empedrador su martillo, el muchacho su pelota; todos corren revueltos gritando, ahullando, arrollándose, derribando los transeuntes al revolver las esquinas, excitando á los perros, alborotando las gallinas y haciendo retemblar las calles, los callejones, las plazas y las plazuelas con este grito:

—Al ladron! Al ladron!

Este grito es repetido por cien voces y la multitud crece á cada esquina. Ella lo dilata chapoteando en el lodo y haciendo resonar el estrépito de sus pasos sobre las aceras. Las ventanas se abren, los vecinos salen de las casas, la gente se empuja, todo un auditorio abandona polichinela en el momento mas interesante de la comedia y juntándose al tropel aumenta el ruido prestando nuevo vigor á los gritos repetidos de:

—Al ladron! Al ladron!

Existe en el hombre un instinto fuertemente arraigado de correr trás cualquiera cosa. Un niño infeliz, sofocado y llenó de fatiga, con el terror en los ojos y la agonía en el corazon, llevando el rostro inundado de sudor, redobla sus esfuerzos para conservar el avance sobre sus perseguidores, mientras estos á medida que se aprocsiman de su alcance saludan sus fuerzas desfallecidas con hurras y vociferaciones de alegria: Al ladron! Al ladron! Detenedle! por amor de Dios detenedle! aunque no sea mas que por piedad detenedle!

Al fin ya está detenido! Golpe famoso! Helo allí tendido sobre la acera; rodeado por la apiñada multitud y cada recien llegado codeando y empujando para poder verle! —Haceos atrás! Dejadle un poco de aire! Que bestialidad! No lo merece. Donde está el caballero? Allá viene. Abrid paso al caballero! Caballero es este el pilludo? Si.

Oliverio cubierto de lodo y polvo, con la boca ensangrentada miraba con aire estraviado todas aquellas figuras que le rodeaban, cuando el anciano caballero fué introducido por no decir llevado dentro el círculo por la vanguardia de los perseguidores.

—Si! —dijo con acento bondadoso —Temo que sea él!