—Teme! —murmuró la muchedumbre —Esta si que es buena!
—Pobre diablillo! —dijo el caballero —Se ha hecho daño!
—Yo soy quien le ha arreglado como esta —dijo un solemne paja larga adelantándose —Me he corlado lindamente la mano contra sus dientes. Yo soy señor quien le ha cojido.
Esto diciendo, el individuo llevó la mano á su sombrero sonriendo bestialmente, y esperando sin duda recibir algo por el trabajo que se habia tomado; pero el caballero examinándole con aire de desprecio, echó una mirada inquieta á su alrededor sin duda para buscar un medio de evadirse; lo que tal vez hubiera hecho, dando con ello lugar á otra persecucion si en este momento un agente de policía (la última persona que llega siempre en semejantes casos) no hubiese atravesado la multitud y cojido á Oliverio por el cuello.
—Yo no he sido señor! Estad seguro! Es la verdad! Fueron otros dos muchachos! —dijo Oliverio plegando las manos en ademan suplicante y mirando á su alrededor —Deben estar aquí ó no lejos.
—Oh! que no... que no están aquí! —repuso el agente de policía con acento burlon.
Oliverio decia verdad sin saberlo. El Camastron y Cárlos se habian escabullido en la primera escalera que habian encontrado al paso.
—Ea! levántate!
—No le hagais daño! —dijo el anciano caballero con compasion.
—Oh! no pretendo hacerle daño alguno. —replicó el otro rasgando el chaleco del niño, al obligarle á levantarse, en prueba de lo dicho. —Vamos... ven... Te conozco... estos colores no me la pegan. Quieres tenerte sobre tus piés pillastrón?