—¿Cuál es tu oficio?
—Soy vendedor de vino, señor Marqués.
—Toma esto, filósofo y vendedor de vino, y gástalo como te venga en gana—repuso el Marqués, arrojando a sus pies otra moneda de oro.—¡A ver! ¿Están listos los caballos?
Sin dignarse mirar a las turbas por segunda vez, el señor Marqués se arrellanó en su asiento. La carroza se ponía nuevamente en movimiento y su feliz ocupante había olvidado el incidente, cual si acabara de romper una futesa y la hubiera pagado, cuando vino a perturbar su olímpica serenidad la entrada violenta en el interior del carruaje de una moneda de oro.
—¡Para!—gritó el señor Marqués.—¡Detén los caballos!... ¿Quién ha tirado esto?
Miró airado al sitio en que acababa de dejar a Defarge, pero no vió más que al desdichado padre abrazado al cadáver de su hijo, y a una mujer en pie, que le miraba ceñuda.
—¡Perros!—murmuró el Marqués.—¡De buena gana pasaría sobre todos vosotros para limpiar al mundo de vuestra repugnante presencia! ¡Si yo supiera quién es el canalla que arrojó la moneda, y lo tuviera bastante cerca, vive Dios que lo aplastaba bajo las ruedas de mi coche!
Tal era el temor de las turbas, tan grande el horror que sentían por lo que los hombres de la clase social del Marqués podían hacerles, dentro y fuera de la ley, que no se alzó una voz, ni una mano, ni una mirada. Todos los hombres callaron, fijos sus ojos en el suelo. Solamente la mujer a que antes nos hemos referido osó clavar sus miradas airadas en el Marqués, quien ni reparó siquiera en ella. Su olímpica mirada pasó sobre su cabeza y sobre las demás ratas, y cómodamente arrellanado sobre los mullidos almohadones de su carroza, dió orden al cochero de continuar la marcha.
Por el mismo sitio cruzaron en carrera desenfrenada y sucesión rápida muchas otras carrozas. La del ministro, la de los arbitristas del Estado, la del aperador general, la del doctor, la del abogado, la del eclesiástico. Las ratas asomaban tímidas las cabezas en la entrada de sus agujeros.
Retiróse el padre a quien habían dejado sin hijo, retiráronse las ratas al fondo de sus agujeros, y sobre el basamento de la fuente no quedó más que la mujer que había osado mirar ceñuda al Marqués, rígida como la Fatalidad. El agua de la fuente corría rumorosa, corrían rápidas y turbulentas las aguas del río, el día corría a su ocaso, la vida de la ciudad corría a la muerte impulsada por el Tiempo, que a nadie espera, las ratas dormían ya en sus obscuros agujeros, el baile de la extravagancia continuaba entre luces y cenas, y todas las cosas, para decirlo de una vez, seguían su curso.