—¡Muerto!—rugió el hombre alto con muestras de salvaje desesperación, clavando los ojos en el Marqués y alzando los dos brazos.—¡Asesinado!
Las turbas se apiñaron en rededor de la carroza. Todas las miradas estaban concentradas en la persona del Marqués, mas en aquéllas no se leía otra cosa que ansiedad, temor, nada de cólera ni de amenaza. Todos callaban. Al primer grito sucedió un silencio imponente. La voz del que había hablado al magnate continuaba siendo sumisa en extremo. El señor Marqués paseó sus miradas sobre los apiñados grupos, contemplándolos con la indiferencia con que hubiera contemplado una manada de ratas asustadas.
Sin variar de actitud sacó un bolsillo.
—Me sorprende sobremanera—dijo—que ni de vuestros hijos sepáis cuidar. Con frecuencia que no puede menos de serme molesta os tropiezo en mi camino. ¿No se os alcanza que de los atropellos pueden resultar con daño mis caballos? ¡Vaya!... ¡Dadle esto!
Acompañando la acción a la palabra, arrojó a los pies del lacayo una moneda de oro.
—¡Muerto... asesinado!—volvió a gritar el hombre alto.
Llegó a la sazón otro hombre, a quien todos abrieron paso. El que acababa de gritar cayó en sus brazos no bien le vió, permaneciendo largo rato entre ellos, llorando y sollozando.
—Lo sé todo... lo sé todo—dijo el recién llegado.—¡Valor, Gaspar! Preferible es morir como ha muerto el niño a vivir la vida que le esperaba. Ha muerto sin dolor, sin sufrimientos, y en cambio, de haber continuado viviendo, aquéllos le hubieran acosado sin cesar.
—Eres un filósofo—dijo el Marqués sonriendo.—¿Cómo te llamas?
—Defarge.