Su propietario descendió las escaleras del palacio y salió al vestíbulo, donde le estaba esperando su carroza. Pocos habían sido los que le dirigieron la palabra durante la recepción, y el señor pudo estar más afectuoso de lo que estuvo cuando llegó al sitio en que aquél permaneció retraído y separado de los grupos. Sin detenerse un instante montó en su carruaje, y los caballos partieron a galope, dispersando a las gentes que encontraban al paso. Guiaba el cochero como si cargara contra un ejército enemigo, sin que a su señor se le ocurriera poner freno a la furia desatentada del primero, la cual, lejos de enojarle, más bien parecía que le era agradable. Algunas veces, muy contadas, se habían exteriorizado las quejas, hasta en aquella ciudad insensible y en aquella edad de ignorancia y de idiotismo, contra la bárbara costumbre de recorrer a galope de carga calles estrechas y sin aceras, sin miramiento a los infelices que con frecuencia eran arrollados, pero nadie se dignó conceder un segundo de atención a semejantes pequeñeces, y en este particular, como en muchos otros, los desdichados de la clase baja quedaron en libertad de orillar la dificultad como buenamente pudieran.
Con estruendo ensordecedor y con olvido inhumano de las consideraciones más sagradas, difícil de comprender en nuestros días, la carroza volaba por la calle saltando sobre el empedrado y doblando las esquinas con velocidad inconcebible, ahuyentando a las mujeres, que chillaban despavoridas, a los niños, que corrían como conejos asustados, y a los hombres que procuraban pegarse a las paredes. En el momento de doblar el carruaje una esquina próxima a una fuente, una de las ruedas dió un salto, cientos de gargantas lanzaron un alarido, y los caballos recularon y se encabritaron.
Es casi seguro que la carroza hubiera continuado imperturbable su desenfrenada carrera de no haber sido por este último inconveniente, toda vez que era lo que acostumbraban hacer los carruajes en aquella feliz época, aun cuando dejaran la calle sembrada de cadáveres, ¿por qué habían de hacer otra cosa?, pero asustado el lacayo había saltado a tierra y veinte manos agarraron a un tiempo las riendas de los caballos.
—¿Qué pasa?—preguntó el señor, asomando su cara tranquila por la portezuela.
Un hombre alto, con gorro en la cabeza, había sacado de entre las patas de los caballos un bulto, que depositó sobre el basamento de una fuente, e inclinado sobre él, aullaba como un animal feroz.
—Perdón, señor Marqués—dijo un individuo harapiento con voz y ademán humildes,—es un niño.
—¿Y por qué arma ese ruido ensordecedor? ¿Dices que es un niño?
—Dispense el señor Marqués... Es una... lástima... sí, eso es.
Distaba la fuente algunas varas. El hombre alto que sobre el bulto estaba inclinado se irguió de repente y echó a correr con prisa tal en dirección al carruaje, que el señor Marqués llevó la mano al puño de su espada.