El aperador general era un hombre de lo más suntuoso que darse puede. Treinta caballos alojaban sus caballerizas, veinticuatro criados esperaban órdenes en sus salones y seis doncellas ayudaban a vestir a su mujer. En su calidad de hombre cuya misión única consistía en pillar y saquear donde buena o malamente pudiera, el aperador general era al menos la realidad más tangible entre los personajes que aquel día estaban de servicio en los salones del señor.
A decir verdad, en aquellos salones, que ofrecían a los ojos escenas deliciosas, en aquellos salones, donde habían acumulado cuanto el arte y el gusto de la época pudieron producir, los negocios no andaban bien, es más: tanto considerados con referencia a los espantajos que rodeaban la persona del señor, como por lo que hace a los desarrapados que pululaban por todas partes, los asuntos tomaban cariz poco tranquilizador... suponiendo que en la casa del señor hubiera alguien que de asuntos cuidara. Militares que ignoraban lo que era la ciencia militar, marinos que ni idea tenían de lo que un barco era, eclesiásticos, cubiertos de sedas y de encajes, mundanos hasta lo inconcebible, de ojos sensuales, lenguas libres y costumbres más libres que las lenguas, en una palabra: la ineptitud en cuantos desempeñaban cargos, el desenfreno en las costumbres, la mentira en todos los labios. No abundaban menos las gentes que no obstante no tener relación alguna, remota ni próxima, con el señor ni con el Estado, se obstinaban en no tenerla tampoco con nada que fuera real y justo, y en no caminar en el viaje de la vida por caminos rectos, ni perseguir un fin terreno honroso. Médicos que labraban fortunas inmensas fingiendo curar enfermedades imaginarias y males que jamás habían existido, se burlaban desde el sagrado de sus casas de sus clientes cortesanos, mientras éstos quebraban sus espinas dorsales a fuerza de hacer reverencias en los salones del señor. Arbitristas que, si nunca dieron con el remedio del pecado más leve, en cambio descubrían diariamente panaceas, universales y de efectos seguros para corregir los pequeños males que afectaban a la salud del Estado, fastidiaban con sus discursos interminables y pesados a cuantos asistían a las recepciones del señor y tenían oídos para escucharles. Filósofos ateos que se proponían vaciar con sus palabras nuevos moldes con que fundir un mundo nuevo, y erigir nuevas torres de Babel con que escalar los cielos, conferenciaban en los salones del señor con químicos o alquimistas descreídos, que no perseguían otro objetivo que la transmutación de los metales. En el palacio del señor vegetaban sumidos en el estado más ejemplar de enervamiento turbas de caballeros de modales distinguidos y exquisita educación, cuyos frutos naturales eran en aquel tiempo, y han venido siendo desde entonces, una indiferencia invencible, y una repugnancia notable hacia todo lo que debiera ser objetivo natural del interés humano. En los hogares que aquellas brillantes notabilidades dejaban abandonados en los barrios más aristocráticos de París, los espías que frecuentaban los salones del señor, a cuyo número pertenecían, dicho sea de paso, la mitad por lo menos de los que a aquel hacían la corte, difícilmente habrían podido encontrar entre los ángeles de su clase social una mujer que, por sus costumbres, mereciera el honor de ser madre. Verdad es que la moda no consentía en las madres otra cosa que el acto material de echar al mundo a una criatura desvalida, lo que ciertamente no es mucho hacer. Pase que las campesinas se pasen la vida al lado de sus tiernos hijos: las mujeres que han nacido en otra esfera deben alegrar los salones, y hasta cuando son abuelas, deben vestir y bailar como cuando tenían veinte años.
La lepra de la ficción desfiguraba a todos los seres humanos que servían al señor. En una de las habitaciones más extremas había media docena de personas que, por excepción, desde algunos años antes venían creyendo que las cosas seguían en general derroteros peligrosos. La mitad de esta media docena de gentes excepcionales, en sus ansias por poner remedio a los males, habíanse afiliado a la secta fantástica de los llamados convulsionistas, y se pasaban el tiempo deliberando acerca de si les convendría echar espumarajos por la boca, rabiar, rugir, bramar y ponerse catalépticos, presentando así ante los ojos del señor una visión de los futuros que pudiera servirle de guía seguro. Además de estos derviches, había otros tres que habían formado otra secta cuyo objetivo consistía en enderezar el curso tortuoso de los sucesos a fuerza de enrevesadas teorías sobre «El Centro de la Verdad», sosteniendo que el hombre había brotado de este centro... lo que no necesitaba demostración, pero que se había salido de la circunferencia, y que se imponía la necesidad de hacerle entrar en ella y de impedir que en lo sucesivo volviera a rebasar su perímetro, lo que se conseguiría vigorizando la vida del espíritu y debilitando la de la carne. Como jamás hablaban más que de espíritus y de substancias incorpóreas, no es de admirar que sus discursos no dieran resultados materiales.
En cambio, las personas que frecuentaban los salones del señor vestían admirablemente, lo que no deja de ser un consuelo. Si el Día del Juicio ha de ser lisa y sencillamente una exposición de trajes, en la que se adjudiquen los premios a los que mejor vistan, bien seguro es que las dichosas personas que motivan estas líneas vestirán por eternidad de eternidades con gusto irreprochable y excepcional riqueza. El laborioso peinado de aquellas cabezas, tan artísticamente rizadas y con tanto gusto empolvadas, aquellas caras delicadas, defendidas contra los zarpazos de los años, y hasta enmendadas y corregidas gracias a laudables recursos artificiales, las cinceladas espadas que ceñían los caballeros, en cuya contemplación se extasiaba la vista, los finos y delicados perfumes que embalsamaban el aire y deleitaban uno de los sentidos con que al Creador plugo dotar al hombre, eran recursos bastantes para extirpar de raíz y para siempre los males que afligían a la humanidad. Los caballeros de elevada alcurnia y de educación refinada ostentaban prodigiosa profusión de joyas de rico oro que dejaban oir un tintineo delicioso al compás de sus lánguidos pasos, y ante el tintineo del oro y el crujir de la seda y de los brocados, el hambre y la miseria no tenían más remedio que ir a esconder sus amarillentas caras en los hediondos barrios pobres de la ciudad.
Era el vestido el talismán infalible, la varita mágica que obligaba a todo el mundo, y a todas las cosas, a permanecer en sus respectivos puestos. Nadie podía dispensarse de vestir el traje impuesto por el papel que representaba en el baile de las extravagancias llamado mundo. La ficción comenzaba en las Tullerías, en la persona misma del señor, y en las de los que al señor hacían la corte, y continuaba por las Cámaras y Tribunales de Justicia, hasta llegar a la persona del verdugo, a quien se obligaba a oficiar muy «peinado, rizado y empolvado, luciendo lujosa levita galoneada de oro, y encerradas sus pantorrillas en ricas medias de seda». ¡No! No es posible que ninguno de los felices mortales que asistieron a la recepción quincenal dada por el señor en el año mil setecientos ochenta pusiera en tela de juicio la perdurabilidad de un sistema fundado sobre base tan sólida como un verdugo primorosamente peinado, artísticamente rizado, solícitamente empolvado y ataviado con rica levita galoneada de oro y primorosas medias de seda.
Luego que el señor aligeró a sus cuatro servidores de sus respectivas cargas y tomó el chocolate, mandó abrir de par en par las puertas de su santuario y tuvo la dignación de salir fuera. ¡Qué de sumisión, qué de adulaciones rastreras, qué de servilismo, qué de humillaciones, llevadas hasta los límites más inconcebibles de lo abyecto! Baste decir que en todo lo referente a idolatría y anonadamiento, los que llenaban los salones nada reservaron para los cielos. ¡Verdad es que el pensamiento en la otra vida preocupaba muy poca cosa a los adoradores del señor!
Pronunciando aquí una palabra y dejando caer allá una esperanza, dirigiendo a éste una sonrisa y haciendo a aquél una seña con la mano, atravesó el señor los salones hasta que rebasó los límites de la circunferencia de la verdad, donde giró majestuoso sobre sus sagrados talones y deshizo el camino andado, para tornar a encerrarse en su santuario.
Terminada la exhibición, los susurros que apenas rozaban el aire trocáronse en clamorosa tormenta. El tintineo de las joyas, semejante a incesante repicar de preciosas campanillas, fuese alejando, y muy pronto no quedó a la vista más que una persona, un caballero, el cual, puesto debajo del brazo el sombrero, y llevando en la mano una cajita de rapé, se entretuvo en pasear con calma y reposo deteniéndose frente a los espejos que al paso encontraba.
—¡Cargue el infierno contigo!—murmuró antes de marcharse, vueltos los ojos hacia la puerta del santuario, y sacudiendo el rapé que conservaba entre sus dedos.
Era un hombre de unos sesenta años, ricamente ataviado, de ademanes y expresión altaneros y dotado de una cara que, más que rostro humano, parecía fina mascarilla. Cara de una palidez transparente, todas sus líneas, todos sus rasgos aparecían perfectamente definidos. La nariz, artísticamente modelada, ofrecía la particularidad de que sus dos ventanas acusaban una contracción, muy poco perceptible, hacia la parte superior. En esas dos contracciones radicaba, precisamente, la alteración única visible en aquella cara. Las ventanas persistían unas veces contraídas, al paso que en algunas ocasiones, se sucedían las dilataciones a las contracciones, pero en uno y otro caso, daban a la cara una expresión desagradable de crueldad y de perfidia. Examinado con detenimiento aquel rostro, no era difícil observar que la expresión de crueldad la debía a las líneas de su boca y de las órbitas de los ojos excesivamente finas y horizontales. No puede negarse, sin embargo, que aquella cara era extraordinariamente hermosa.