—¡Qué noche, Jeremías, qué noche!—exclamaba Lorry—¡La más indicada para que los muertos salgan de sus tumbas!

—No los he visto salir nunca, señor, ni espero verlo—respondió Jeremías Lapa.

—¡Buenas noches, señor Carton!—dijo Lorry.—¡Buenas noches, señor Darnay! ¿Volveremos a ver juntos una noche como esta?

¡Quién sabe! ¡Quizá llegase día en que vieran innumerables muchedumbres, bramadoras, ebrias de sangre, cerrando contra ellos!

VII.
EL SEÑOR EN LA CIUDAD

El señor, uno de los magnates más influyentes y poderosos de la corte, celebraba en su suntuoso palacio de París su acostumbrada recepción quincenal. Hallábase el señor en su gabinete más íntimo, especie de santuario para la turba de adoradores encargados del servicio del resto de los salones. Disponíase el señor a tomar su chocolate. Con facilidad maravillosa podía engullirse el señor mil cosas, y hasta eran muchos, gentes maliciosas sin duda, que creían a pie juntillas que se estaba engullendo con rapidez pasmosa a Francia, pero el chocolate matinal no podía pasar por la garganta del señor sin la ayuda de cuatro hombres fuertes, amén del cocinero.

Sí, cuatro hombres exigía operación tan importante, cuatro hombres, cubiertos de galones de oro, con un jefe, quien en su afán por seguir la noble y casta moda implantada por su señor, no hubiera podido vivir sin llevar en el bolsillo dos enormes relojes de oro, eran indispensables para que el afortunado chocolate tuviera el honor de llegar hasta los labios del señor. Un lacayo conducía la chocolatera a la sagrada presencia del señor; otro picaba el chocolate con un instrumento reservado para tan importante función, otro, el tercero, presentaba la favorecida servilleta, y el cuarto (el de los dos relojes de oro) vertía el chocolate en la taza. ¿Prescindir el señor de uno solo de los cuatro servidores mientras tomaba el chocolate entre los cielos que admirados y complacidos presenciaban la operación? ¡Horror! Tomar el chocolate servido por solos tres hombres, hubiese equivalido a manchar el inmaculado escudo del señor: tomarlo servido innoblemente por dos, habría sido tanto como darle muerte.

La noche anterior, el señor había asistido a una cena de confianza, previa representación admirable de una comedia y de una ópera. El señor solía asistir casi todas las noches a cenas análogas, en cuyos actos le rodeaba una compañía encantadora y fascinadora. Tan fino, tan impresionable era el señor, que en su elevada alma ejercían más influencia la comedia y la ópera que los áridos y fastidiosos negocios de Estado y las necesidades de Francia, circunstancia venturosa para esta nación, como lo es siempre para las que se ven o se han visto tan favorecidas como ella... como lo fué, por ejemplo, para Inglaterra en los nunca bastante llorados tiempos de los joviales Estuardos.

Tenía el señor una idea nobilísima acerca de los negocios públicos en general, y era que es preciso dejar que sigan su curso natural, y otra idea, no menos nobilísima, sobre los negocios particulares... que también debían seguir su curso natural; y el curso natural de los primeros, como el curso natural de los segundos, era ir en derechura a las manos y al bolsillo del señor. En cuanto a los placeres, generales y particulares, opinaba el señor que para disfrutarlos él había sido creado el mundo y colocado en él el hombre. Su divisa era la siguiente: «Mío es el mundo y todo cuanto contiene, dice el Señor».

Pese a sus opiniones, había visto el señor, con el desagrado natural, que en sus asuntos y en sus placeres, tanto privados como públicos, habían venido a mezclarse molestias de lo más vulgar que no dejan de crear dificultades y apuros, también de lo más vulgar, en vista de lo cual, decidió aliarse con un aperador general, resolución tanto más cuerda cuanto que se había hecho indispensable, y esto, por dos motivos principales. Primero: porque el señor no entendía en asuntos tan vulgares como los referentes a la Hacienda pública, y como consecuencia, debía confiarlos a manos que en ello entendiesen, y segundo, relacionado con la Hacienda particular, porque los aperadores generales son ricos, mientras el señor, vástago de señores que vivieron muchas generaciones de esplendoroso lujo y boato, empobrecía de día en día. De aquí que el señor librase a una hermana suya del velo que la amenazaba, y que era la canastilla de boda más económica con que podía regalarle, y la concediera como preciado premio a un aperador general, tan rico en bienes como pobre en familia. El cual aperador general, armado de un bastón coronado por una manzana de oro, figuraba en la ocasión presente entre los personajes que llenaban las habitaciones exteriores y hacía un papel algún tanto desairado porque el señor, y hasta la esposa del señor, solían mirarle con el desprecio más profundo.