—A usted no le sabrá a nada. Esas extravagancias solamente impresionan a aquellos cuya fantasía las forja, según creo: no son contagiosas. Repito que muchas noches me he sentado en este mismo sitio, sola, atento el oído, y mi fantasía ha dado forma tangible a los ecos, y ha visto en ellos a las personas que se han relacionado o han de relacionarse en breve con mi vida.
—Llega el día en que son muchas las personas que establecen relaciones estrechas con nuestras vidas—observó Carton.
El rumor de pasos era incesante, y las carreras de las gentes que huían, más precipitadas. Parecía que sonaban pasos debajo del balcón, en la habitación misma, unos iban, otros venían, estos se alejaban y aquellos se aproximaban, y, sin embargo, la vista no descubría alma viviente.
—¿Se reserva para usted sola todo el ruido de pasos que llega a nuestros oídos, señorita Manette, o prefiere que nos los distribuyamos entre todos?—preguntó con entonación humorística Darnay.
—No sé qué contestar a usted, señor Darnay. Principié por decir que era una extravagancia, una tontería mía, pero la culpa de que yo la dijera fué de usted, que me preguntó. Cuando esa idea ha producido impresión en mí, siempre me he encontrado sola, y quizá esta circunstancia haya engendrado en mí la creencia de que los ecos repetían el rumor de pasos de las personas que han de ejercer influencia en mi vida o en la de mi padre.
—Las reclamo para que la ejerzan en la mía—replicó Carton.—Vengan sobre mí, sin explicaciones, sin condiciones. En este instante están prontas a caer sobre nosotros ingentes muchedumbres... Las estoy viendo a la luz... cárdena del relámpago—terminó diciendo, en el momento que surcaba los aires gigantesca culebra de fuego.
Sonó un trueno horrísono, y Carton repuso:
—Y ahora las oigo... ¡Vean ustedes cómo se acercan, rápidas... furiosas... bramadoras!
La voz tremenda de los elementos desencadenados obligó a Carton a poner fin a sus extravagancias, sencillamente porque nadie podía oirlas. La tempestad fué horrorosa. El agua caía a torrentes de un cielo encendido, acompañada de truenos tan ensordecedores, que no parecía sino que el mundo saltaba hecho pedazos. A eso de media noche, brotó la luna, plácida, serena.
Sonaba la una de la madrugada en la torre de San Pablo cuando el señor Lorry, acompañado por Jeremías Lapa, armado de su correspondiente farol, emprendía el viaje de regreso a Clerkenwell.