Habíase repuesto casi instantáneamente. Era cierto que las nubes enviaban algunas gotas anchas de agua, de las cuales mostró una el doctor en el dorso de la mano. Ni una palabra dijo acerca de la historia que Darnay estaba refiriendo, y cuando entraron en la casa, el ojo experto de Lorry descubrió, o creyó descubrir, en la mirada del doctor, al fijarla en Darnay, la misma mirada extraña que había observado mientras salían de la Sala del Tribunal a raíz de haber sido declarado inocente el segundo.

La expresión de aquella mirada se borró con tal rapidez, que Lorry llegó a sospechar si le habría engañado su ojo experto. El gigante del brazo de oro no hubiera dicho con más serenidad que el doctor que todavía no se había abroquelado contra sorpresas pequeñas, y que la gota de agua, al caer sobre el dorso de su mano, le había asustado.

Preparó la señorita Pross el te, lo sirvió, resistió otro «ataque de nervios», y los cientos de visitantes continuaban sin dar señales de presencia. Llegó el señor Carton, pero entre éste y Darnay no sumaban más que dos.

Tan calurosa era la noche, que no obstante haber tenido la precaución de dejar abiertas puertas y ventanas, no bien tomaron el te, todos se dirigieron a un balcón, en busca de aire fresco que respirar. Sentóse Lucía al lado de su padre, Darnay junto a Lucía, y Carton apoyó sus espaldas contra el antepecho. Las cortinas del balcón eran blancas, y cuando alguna racha de viento las agitaba alzándolas hasta el techo, más que cortinas parecían alas espectrales.

—Todavía caen gotas anchas, escasas y pesadas—dijo el doctor.—Se acerca con mucha lentitud.

—Pero con mucha seguridad—replicó Carton.

Huían presurosas las gentes de las calles ansiando ponerse bajo techado antes que estallara la tormenta. El ruido de sus pasos llegaba al maravilloso rinconcito de los ecos, pero sin que nadie viera a los que caminaban.

—Muchas personas moviéndose, y sin embargo, la soledad más absoluta—observó Darnay, tras unos momentos de atención.

—¿Verdad que impresiona, señor Darnay?—preguntó Lucía.—Muchas noches me siento en este mismo sitio, y mi fantasía... pero hasta la loca de la casa se empeña en asustarme esta noche... tan lóbrega... tan solemne...

—Nos asustaremos todos—dijo Darnay, chanceándose.—Veremos a qué sabe el susto.