—Tráeme a ese individuo—dijo el Marqués al correo.

Fué llevado a su presencia el caminero, en derredor del cual se agruparon los aldeanos, ávidos de escuchar y de ver.

—¿Te pasé en el camino, verdad?

—Verdad es, señor, tuve el honor de que el señor me pasase en el camino.

—Al subir la rampa y en la cumbre de la colina, ¿no es cierto?

—Señor, cierto es.

—¿Qué es lo que mirabas con tanta fijeza?

—Miraba al hombre, señor.

Al contestar, su gorro puntiagudo apuntaba debajo del carruaje. Todos los aldeanos concentraron sus miradas en el mismo sitio.

—¿Qué hombre, pedazo de bruto?