—Perdón, señor, quiero decir el hombre que pendía de la cadena de la galga.
—¿Pero quién?
—El hombre, señor.
—¡Cargue el diablo con esta turba de idiotas! ¿Cómo se llama ese hombre? Tú conoces a todos los de estos contornos: ¿quién era ese hombre?
—¡Piedad, señor! No era de esta parte del país: no le había visto en los días de mi vida.
—¿Suspendido de la cadena? ¿Ahorcado?
—Con permiso del señor, diré que su cabeza colgaba de esta manera.
El caminero se aproximó a la galga y se colocó vuelta la cara hacia el cielo y con la cabeza colgando. A continuación, recobró la postura normal e hizo una reverencia.
—¿Qué señas tenía?
—Señor, estaba más blanco que un molinero, el polvo le cubría de pies a cabeza, era más blanco que un espectro y más alto que un espectro.